Dicson

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  • Publicado : 5 de marzo de 2011
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Casí no hay lugar donde haya viajado que no me encuentre un colombiano, incluyendo mi país. Unos huyendo de la violencia, otros sembrando una imagen de ladrones y narcotraficantes, otros pocos conociendo mundo y haciendo currículo, algunos más estudiando o desempeñándose con éxito en sus respectivas profesiones y oficios. No podría decir por qué los reconozco antes de identificar sus acentos,quizás su esmerada cortesía, su cautela, el aire de estar en cualquier sitio con dominio de terreno y la mirada a las vivas, porque no todos los colombianos bailan cumbias ni se sienten obligados a seducir al sexo contrario, ni son personajes o narradores del mundo garciamarquiano, o vienen del Despeñadero de Fernando Vallejo. Y sin embargo, Colombia les otorga todos esos rasgos distintivos, porqueal igual que los mexicanos, no podemos despojarnos de lo que el cine nacional y la literatura nos ha impuesto como clichés. Quizás la clave me la dio Álvaro Mutis durante un conversación en su casa de San Jerónimo, en la Ciudad de México. Le pregunté si extrañaba el paisaje de Colombia, después de tantos años fuera de ésta, que representan más de la mitad de su vida. Me contestó que sí, pero loencontraba sin dificultad en ciertos rincones de México, donde la gente incluso era como la colombiana. Puso como ejemplo las zonas cafetaleras de Veracruz.

Uno de los primeros lugares donde viví, cuando vine estudiar psiquiatría a la Ciudad de México, fue justamente en un departamento alquilado por colombianos. Yo era, como ellos, un extranjero en la inmensa ciudad ajena a mis orígenes. Ángela yArturo fueron mis compañeros y amigos iniciales en esta megalópolis que no sólo me atrapó, sino me habita. Más que una casa, era una especie de aeropuerto donde aterrizaban todos los colombianos que se enteraban de que allí, cada fin de semana, de jueves a domingo, había rumba y hospedaje. Fluía todo tipo de personajes con destino a Estados Unidos, a Nicaragua, a El Salvador, a Europa, a lasuniversidades mexicanas, a cualquier lugar donde pudieran reiniciar sus vidas o sus luchas. La revolución sandinista y las hazañas del M-19 eran a menudo puntos de conversación y divergencia cuando se trataba de colombianos cercanos al régimen de su país, pero nunca motivo suficiente para reñir en medio de un gozoso reventón o en una mesurada fiesta en Casa de Colombia, cuya existencia me pareceefímera.

Se hablaba del ajiaco y del sancocho, de la montaña y de los paramilitares, pero poco de la intimidad y del pasado familiar. El día que me percaté de sus historias descubrí sus gestos paranoides, su incómodo estar en un país que tenía mucho y nada de Colombia. Ángela Navarro Wolf, quien salió de prisión directamente a la Ciudad de México, me contaba que la desaparición de Bateman, elguerrillero legendario del M-19, se debía a una estrategia para impedir que lo mataran. Supuestamente se encontraba emboscado en la selva de Panamá, desde donde acudiría, como siempre, a festejar cada cumpleaños a una isla donde mandaba traer a su madre, a sus amigos y los grupos de vallenateros que le animaban la fiesta. Eso, me dijo, lo había escrito García Márquez. No volví a saber de Ángela. Uno o dosaños después, su hermano, un conocido guerrillero, deponía las armas y se incorporaba a la vida civil y política de Colombia, con el consecuente atentado y la pérdida de una pierna.

Arturo se fue como corresponsal de guerra a Centroamérica. Yo abandoné la medicina por las letras. A veces, durante años, recibía una llamada desde cualquier lugar del mundo en donde había un conflicto políticomilitar y escuchaba su voz aguda y loca narrarme los acontecimientos brutales que él grababa con su cámara. Luego se perdió la comunicación.

He conocido desde entonces a muchos colombianos ligados a la literatura y las artes, incluso a la política, pero creo que ninguno me ha dado una idea tan cruda de su país como esos dos amigos alrededor de los cuales conocí a muchos otros jóvenes huyendo de...
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