Discurso en la muerte de benito juárez

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Discurso que en los funerales del C. Benito Juárez, pronunció a nombre de la prensa asociada, el C. José María Vigil
20 de julio de 1872.



Señores:
Los homenajes que los pueblos tributan a sus grandes hombres no son ni pueden ser el fruto de la adulación o de algún otro sentimiento bastardo. El respeto, la admiración, la gratitud, el duelo que la multitud resiente en las ocasionessolemnes, reconocen un principio superior a las inspiraciones del interés o del egoísmo.
Los pueblos al honrar a sus caudillos, al ceñir de laureles las frentes de sus guerreros, al erigir estatuas a la memoria de sus sabios y de sus artistas, al procurar eternizar por todos los medios imaginables el recuerdo de los benefactores de la humanidad, no hacen más que obedecer a los impulsos del belloideal que vive en su inteligencia, rodeado de los prestigios de la imaginación, sintiéndose orgullosos de sí mismos al hallarle reproducido en esas extraordinarias personalidades, destinadas a vivir en la historia, a perpetuarse en la conciencia de las generaciones futuras.
¿Qué vienen a ser, en efecto, esos personajes de destinos misteriosos, que aparecen con una misión visiblemente providencialen las épocas de crisis sociales, en que los pueblos se transforman bajo la acción de una ley incontrastable?
¿De dónde vienen esos caracteres heroicos, templados con una fuerza sobrehumana para alzarse como puntos de mira que reconcentran todas las aspiraciones, todas las esperanzas de una generación que se levanta, pero también todas las cóleras de la generación que sucumbe, y que abrazada conel fantasma de la tradición que se desvanece, no abandona su puesto sino después de haber apurado los esfuerzos de una lucha desesperada?
¿De dónde procede la fe que vivifica a esos seres privilegiados? ¿Cuál es la mano misteriosa que los preserva de los peligros? ¿Por qué intuición extraordinaria llegan a penetrar en las sombras del porvenir, dirigiéndose sin vacilación ni desconfianza enmedio de obstáculos que arredrarían al común de los hombres, y que para esas naturalezas superiores son sólo poderosos estímulos que las enardecen y las hacen triunfar?
Si buscamos en el plan general de la creación, no puede menos de suponerse una ley que presida a sus manifestaciones tanto físicas como morales, que no por sustraerse al rigor de un análisis positivo deja de existir, y que tiene queestablecer relaciones necesarias entre el individuo y el conjunto, análogas a las que median entre el individuo y las partes que le componen.
Fácil es deducir, desde luego, que esas figuras grandiosas que caracterizan las evoluciones sociales, son como el nombre del fenómeno que determinan, como la encarnación de la idea que representan, como su limitación concreta en las regiones infinitas deltiempo y del espacio.
Y entonces los pueblos que se posternan ante esos símbolos animados de su redención progresiva, no es porque se rebajen al culto grosero de un vano simulacro, sino que absortos en la contemplación de su propio destino, ven la imagen refleja de la idea que los agita, y le rinden sin reserva los homenajes de sus afecciones más puras.
En estos momentos, México obedece a esassecretas inspiraciones que rápidamente he querido bosquejar. Las coronas que depone sobre ese túmulo, el incienso que quema en su derredor, y las lágrimas que tal vez enjuga con mano silenciosa, no son las simples manifestaciones de una pompa oficial.
Detrás de la ceremonia está el pensamiento que vive, el pensamiento que busca y no encuentra ya al hombre, pero que volviendo sobre su obra dirigeuna mirada al pasado, contempla sin zozobra el porvenir, sintiendo que esa obra está asegurada, que tiene la garantía de la duración, porque ella reposa sobre un hecho verdadero, sobre una evolución consumada por el varón ilustre a cuyos restos inanimados venimos hoy a dar la última despedida.
Así es como el duelo de las naciones difiere esencialmente de los pesares privados que no traspasan...
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