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¿Historia? ¿Qué historia? Acerca de la divulgación histórica y la "memoria" - Franciso Martínez Hoyos  
EL AROMO- El Aromo n° 74: "Cambio de modelo"  
¿Historia? ¿Qué historia?  
Acerca de la divulgación histórica y la "memoria"  
  
En este artículo, nuestro colaborador reflexiona sobre las dificultades que tienen los historiadores que dominan los resortes académicos de lograr masividad parasus trabajos y el éxito de los libros de historia escritos por iniciados sin mayor conocimiento. Asimismo, realiza una interesante crítica al concepto de “memoria”.  
  
Francisco Martínez Hoyos  
Colaborador  
  
La pobre Lisa Simpson no sabe lo que le espera. Cree que va a presentar un telediario infantil porque... ¿acaso no es la más lista de la clase? Cuando le hacen una prueba, su intervenciónbrilla por su intachable seriedad. Por su excesiva seriedad. Quiere ser tan objetiva que se olvida de atraer al público. Le falta carisma, justo la cualidad que su hermano, Bart, posee a raudales. No hace falta decir, pues, a quién acaban eligiendo para encabezar el programa. El comunicador sensacionalista se impone así sobre la reportera a la que sólo le interesa la verdad, pero no sabe comoremontar el vuelo más allá del aburrimiento.  
Este episodio de los Simpson, reflejo de lo que Mario Vargas Llosa denomina “la civilización del espectáculo”, da cuenta en cierta manera del drama que acucia a los historiadores académicos. Escriben obras que intentan ser científicas, con amplitud de fuentes, formulándose preguntas, deshaciendo mitos... para quedar confinados a la hora de la verdaddentro del estrecho ghetto de sus colegas. En parte porque el suyo es un mundo endogámico, en el que los temas se eligen muchas veces en función de la construcción de carreras académicas, no del interés real del público, real o potencial. Con el agravante, además, de que muchos de los nombramientos que se efectúan en las universidades responden más a criterios de favoritismo que a méritos reales.Resulta, en este sentido, patéticamente expresiva la reacción de un catedrático español cuando Paul Preston comentó, con legítimo orgullo, la ausencia de endogamia en su departamento de la London School of Economics, con sólo dos británicos sobre veinte: “Joder, Paul, eso es terrible: ¿y qué pasa con los compañeros?” [1]. Sobran los comentarios, ante tan descarada apología del clientelismo.  
Después,sucede lo que sucede: la historia que incide en la sociedad, la que llega a las multitudes, no es la de los especialistas, la de aquellos que dominan una materia exhaustivamente, sino la que divulgan escritores, a menudo periodistas, con un talento literario inversamente proporcional a sus conocimientos. Tal vez tenga razón la periodista mexicana Alma Guillermoprieto cuando sostiene que aquellosque mejor investigan acostumbran a ser los que peor escriben. Sin embargo, sería un error pensar que la Historia seria ha de ser árida por definición. ¿Quién no ha disfrutado con autores de la talla de John H. Elliott, Geoffrey Parker o Paul Preston? En ellos, el rigor metodológico va de la mano del placer estético que produce la mejor literatura. No en vano, antes de ser considerada ciencia, laevocación del pasado constituía una rama de las buenas letras. En la actualidad, distintos observadores constatan cómo, tras un cierto eclipse, lo narrativo, aquella historia antaño despreciada por événementielle, acapara de nuevo éxitos editoriales con libros como los de Niall Fergusson.  
Eso sí, con referencias a las vivencias de protagonistas anónimos para que no parezca que falta el “toquehumano” con el que atraer a nuevos lectores. Es ya un tópico mencionar el auge de la historia que parecemos vivir, con la multiplicación de revistas para el gran público y la eclosión de la novela histórica. Resulta fácil poner un gesto de olímpico desdén ante la proliferación de relatos de intriga, en la línea de El Código Da Vinci, muchos de ellos de calidad discutible.  
La cuestión, sin embargo,...
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