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Amo el arte. Una oración tan sencilla como ésta hoy en día se le escucha a muy pocos jóvenes, quizá no hubiera salido de mi boca a los nueve años si no me hubiera sucedido la siguiente historia, queme hizo ver lo que muchas veces la ignorancia que hoy día ciega a la juventud cuando ve frente a ellos obras de valor incalculable y lo único que se les viene a la cabeza es el aburrimiento quedeberían de tener estos autores frente al lienzo.
Todo sucedió en una de las innumerables tardes que pasaba en la casa de mis abuelos maternos, casa que se construyó hace más de cien años, cosa que hacíaque me imaginara todos los secretos que deberían haber visto dichas paredes. La casa estaba repleta de obras de arte, obras que eran de autores desconocidos pero de gran valor. Una obra que mefascinaba era un Cristo hecho por un tan llamado Ulpiano Checa, pues en ella se podía ver la tristeza y el dolor en aquella cara del propio Cristo, la sangre que le caía del pecho y de las manos recorríantodo su cuerpo e incluso empezaba a gotear en las vestiduras de María. Pero en ese cuadro se denotaba que había algo más especial aún. Su fondo era muy extraño y depende de la luz que mostrara el día semostraba un color u otro. Aquella misma tarde, mis abuelos se habían ido a arreglar unos papeles y me quedé sólo en aquella casa que como toda casa antigua tiene unos sonidos peculiares a los quetodavía no me había acostumbrado, el sonido de las escaleras de madera crujir por el frío, ese frío infernal que transmitían las paredes de piedra, piedras que habían sido traídas de una almenara queavisaba antiguamente a Madrid de los ataques musulmanes.
Empecé a vagar por la casa admirando las obras de arte que me transmitían mínimamente su subjetividad cosa que hacía que los cuadros fueran algoaburrido pues no significaban nada en mi mente de niño del siglo XXI. Hasta que llegué a aquel Cristo, ésa obra no era igual que las demás. Ésa obra la había visto desde que podía andar y mi abuelo...
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