Don segundo sombra cap 1

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  • Publicado : 10 de junio de 2010
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En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo.
Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagrecitos, que luego cambiaría al pulpero de "La Blanqueada" por golosinas, cigarrillos o unos centavos.
Mi humor no erael de siempre; sentíame hosco, huraño, y no había querido avisar a mis habituales compañeros de huelga y baño, porque prefería no sonreír a nadie ni repetir las chuscadas de uso.
La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que el corcho de mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse contra la orilla.
Pensaba. Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de"guacho",como seguramente dirían por ahí.
Con los párpados caídos para no ver las cosas que me distraían, imaginé las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas monótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o perpendiculares entre sí.
En una de esas manzanas, no más lujosa ni pobre que otras, estaba la casa de mis presuntas tías, mi prisión.
¿Mi casa? ¿Mis tías? ¿Miprotector don Fabio Cáceres? Por centésima vez aquellas preguntas se formulaban en mí, con grande interrogante ansioso, y por centésima vez reconstruí mi breve vida como única contestación posible, sabiendo que nada ganaría con ello; pero era una obsesión tenaz.
¿Seis, siete, ocho años? ¿Qué edad tenía a lo justo cuando me separaron de la que siempre llamé "mama", para traerme al encierro delpueblo, so pretexto de que debía ir el colegio? Sólo sé que lloré mucho la primera semana; aunque me rodearon de cariño dos mujeres desconocidas y un hombre de quien conservaba un vago recuerdo. Las mujeres me trataban de "m'hijito" y dijeron que debía yo llamarlas Tía Asunción y Tía Mercedes. El hombre no exigió de mí trato alguno, pero su bondad me parecía de mejor augurio.
Fui al colegio. Habíaya aprendido a tragar mis lágrimas y a no creer en palabras zalameras. Mis tías pronto se aburrieron del juguete y regañaban el día entero, poniéndose de acuerdo sólo para decirme que estaba sucio, que era un atorrante, y echarme la culpa de cuanto desperfecto sucedía en la casa.
Don Fabio Cáceres vino a buscarme una vez, preguntándome si quería pasear con él por su estancia. Conocí la casapomposa como no había ninguna en el pueblo, que me impuso un respeto silencioso a semejanza de la iglesia, a la cual solían llevarme mis tías sentándome entre ellas para soplarme el rosario y vigilar mis actitudes, haciéndose de cada reto un mérito ante Dios.
Don Fabio me mostró el gallinero, me dio una torta, me regaló un durazno y me sacó por el campo en "sulky" para mirar las vacas y las yeguas.De vuelta al pueblo conservé un luminoso recuerdo de aquel paseo y lloré, porque vi el puesto en que me había criado y la figura de "mama", siempre ocupada en algún trabajo, mientras yo rondaba la cocina o pataleaba en un charco.
Dos o tres veces más vino Don Fabio a buscarme y así concluyó el primer año.
Ya mis tías no hacían caso de mí sino para llevarme a misa los domingos y hacerme rezarde noche el rosario.
En ambos casos me encontraba en la situación de un preso entre dos vigilantes, cuyas advertencias poco a poco fueron reduciéndose a un simple coscorrón.
Durante tres años fui al colegio. No recuerdo qué causa motivó mi libertad. Un día pretendieron mis tías que no valía la pena seguir mi instrucción y comenzaron a encargarme mil comisiones que me hacían vivircontinuamente en la calle.
En el Almacén, en la Tienda, el Correo, me trataron con afecto. Conocí gente que toda me sonreía, sin nada exigir de mí. Lo que llevaba yo escondido de alegría y de sentimientos cordiales se libertó de su consuetudinario calabozo, y mi verdadera naturaleza se expandió libre, borbotante, vívida.
La calle fue mi paraíso, la casa mi tortura; todo cuanto comencé a ganar en...
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