Drogas

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Mar de Historias
Los que regresan
Son la 11 de la mañana y en el cielo sin nubes aún brilla la luna. Cándida la mira, le pide un deseo –Que lleguen con bien– y sigue rumbo a la explanada en donde tres niños practican el tiro al blanco con piedras y cubetas. Un hombre apoyado en su escoba de varas los observa y aconseja al tirador en turno la forma de acertar. El Tío, un anciano de rostroalegre, le reprocha su intervención: Hilario, acuérdese: los mirones son de palo. Como quien dice: que me haga el muerto, ¿no?
Cándida pasa junto al grupo y saluda. El barrendero va tras ella: ¿Sólo de visita, doña? Todavía y hasta que Dios quiera. En el momento en que él me diga: te quedas, ya será otra cosa. En varias ocasiones han sostenido el mismo diálogo, pero Hilario lo celebra con unacarcajada. “Andaré por aquí. Si se le ofrece que le eche una manita, ya sabe…” Cándida lo ve alejarse. Con los brazos abiertos y la escoba apoyada en los hombros, su antiguo conocido le parece un crucificado.
Las rejas del cementerio están entreabiertas. Un camino de tierra divide sus dos secciones. En la más antigua abundan los monumentos y las capillas, en la moderna sólo hay tumbas escuetas. Sobre laprimera dormita Estrella, la perra blanca de orejas negras. Cándida la saluda y sigue de largo, balanceando las bolsas que lleva en ambas manos, con la actitud de una vacacionista que disfruta de un paseo por el campo.
Un zanate descansa en una rama y grazna. Al verlo, Cándida recuerda que su madre les temía a esos pájaros pero en cambio adoraba a los canarios. Llegó a tener 25 en una jaulainmensa y los llamaba mis solecitos. La evocación le provoca un sentimiento agridulce que expresa con libertad: En la casa podían faltar las tortillas y los frijoles; el alpiste para los canarios, ¡jamás!
II
Cándida deja las bolsas en el piso y se frota las manos ateridas. Al oír el arrastre de la escoba con la que Hilario retira las hojas secas, piensa en que a su hermana Gabriela, desde que seenfermó, la entristecía mirarlas cobrizas, arriscadas, tapizándolo todo y anunciando el invierno. Una voz infantil la sobresalta: ¿Va a querer agua? Cándida se vuelve y reconoce a uno de los niños que jugaban tiro al blanco: unas cuatro o cinco cubetas. ¿Podrás con ellas? El niño asiente. Se me hace que no. Te ves muy chiquito. ¿Qué edad tienes? ¡Doce!, responde indiferente el aguador.
Su hermanoArtemio –recuerda Cándida– tenía la misma edad cuando murió atropellado. Su padre nunca pudo reponerse y se dio a la bebida. Su mamá la consideró un castigo divino. Sólo la furia de Dios podía explicar que un niño muriera antes que sus abuelos y sus padres.
A lo lejos, en el barrio vecino, estalla una sarta de cohetes. En el cielo aparecen motas de humo que se alargan y pronto se diluyen. El Tío pasaen su bicicleta: ¿Cómo ve? Allá jolgorio y aquí velorio. Cándida se inclina y toma las bolsas en donde lleva flores de plástico, velas y otros adornos para embellecer la cripta en donde reposan sus antepasados y sus dos hermanos: Gabriela y Artemio.
Nunca se llevaron bien. Convertían en campo de batalla todo espacio de juego; él la llamaba machorra y ella a él, marica. “Ojalá que hayan hecho laspaces, porque si no…” murmura Cándida y se persigna para ahuyentar la imagen de sus dos hermanos golpeándose hasta sangrar.
El zanate desciende y se posa en una tumba señalada por una cruz de fierro, maltrecha y comida por el óxido. Hilario le arroja una piedra y lo ve refugiarse en el pino más alto. Cándida protesta: Pobre animalito. Ya lo espantó. No se apure, verá que enseguida vuelve. Legusta mucho esa tumba. Nadie más que él la procura. Ni para Todos Santos hay quien venga a visitarla. Raro, ¿no? Intercambian una mirada supersticiosa y siguen hacia el fondo del cementerio, rumbo a un espacio techado, conocido como el descanso.
III
Hace años, la primera vez que estuvo en el camposanto, Cándida no entendió cuando el administrador se acercó al cortejo que acompañaba a su hermano...
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