El arbol de la buena vida

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EL ARBOL DE LA BUENA MUERTE Hector G. Oesterheld Hector G. Oesterheld nació en Buenos Aires en 1922, a fines de la década del 40 comienza escribiendo cuentos infantiles, publicados por editorial Abril. Luego colabora la mítica revista Mas Allá, y en 1950 publica su primer historieta, «Alan y crazy» hacia 1955 publica «El sargento Kirk» y «Bull Rokett». En 1957 con dibujos de Solano López, publicala primera parte de «El eternauta» que se convertiría en la más famosa hisorieta Argentina. Hector G. Oesterheld fue secuestrado y asesinado en 1977 por la dictadura militar que sojuzgó Argentina entre 1976 y 1983. Para mayor información sobre el autor y su obra los remito a «La argentina premonitoria» de Jorge Claudio Morhain, publicada en el número 96 de la revista axxón. Sadrac, Octubre de1999 María Santos cerró los ojos, aflojó el cuerpo, acomodó la espalda contra el blando tronco del árbol. Se estaba bien allí, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la luz rojiza del sol. Carlos, el yerno, no podía haberle hecho un regalo mejor para su cumpleaños. Todo el día anterior había trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde crecía el árbol. Y había hecho elsacrificio de madrugar todavía más temprano que de costumbre para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al pie del árbol. María Santos sonrió agradecida; el tronco parecía rugoso y áspero, pero era muelle, cedía a la menor presión como si estuviera relleno de plumas. Carlos había tenido una gran idea cuando se le ocurrió plantarlo allí, al borde del sembrado. Tuf-tuf-tuf. HastaMaría Santos llegó el ruido del tractor. Por entre los párpados entrecerrados, la anciana miró a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la máquina, al lado de Carlos. El brazo de Marisa descansaba en la cintura de Carlos, las dos cabezas estaban muy juntas: seguro que hacían planes para la nueva casa que Carlos quería construir. María Santos sonrió; Carlos era un buen hombre, un maridoinmejorable para Marisa. Suerte que Marisa no se casó con Larco, el ingeniero aquel: Carlos no era más que un agricultor, pero era bueno y sabía trabajar, y no les hacía faltar nada. ¿No les hacía faltar nada? Una punzada dolida borró la sonrisa de María Santos. El rostro, viejo de incontables arrugas, viejo de muchos soles y de mucho trabajo, se nubló. No, Carlos podría hacer feliz a Marisa y a Roberto,el hijo, que ya tenía 18 años y estudiaba medicina por televisión. No, nunca podría hacerla feliz a ella, a María Santos, la abuela... Porque María Santos no se adaptaría nunca -hacía mucho que había renunciado a hacerlo- a la vida en aquella colonia de Marte. De acuerdo con que allí se ganaba bien, que no les faltaba nada, que se vivía mucho mejor que en la Tierra, de acuerdo con que allí, enMarte, toda la familia tenía un porvenir
mucho mejor; de acuerdo con que la vida en la Tierra era ahora muy dura... De acuerdo con todo eso; pero, ¡Marte era tan diferente!... ¡Qué no daría María Santos por un poco de viento como el de la Tierra, con algún "panadero" volando alto! - ¿Duermes, abuela? - Roberto, el nieto, viene sonriente, con su libro bajo el brazo. - No, Roberto. Un poco cansada,nada más. - ¿No necesitas nada? - No, nada. - ¿Seguro? - Seguro. Curiosa, la insistencia de Roberto; no acostumbraba a ser tan solícito; a veces se pasaba días enteros sin acordarse de que ella existía. Pero, claro, eso era de esperar; la juventud, la juventud de siempre, tiene demasiado quehacer con eso, con ser joven. Aunque en verdad María Santos no tiene por qué quejarse: últimamente Robertohabía estado muy bueno con ella, pasaba horas enteras a su lado, haciéndola hablar de la Tierra. Claro, Roberto no conocía la Tierra; él había nacido en Marte, y las cosas de la Tierra eran para él algo tan raro, como cincuenta o sesenta años atrás lo habían sido las cosas de Buenos Aires -la capital-, tan raras y fantásticas para María Santos, la muchachita que cazaba lagartijas entre las tunas,...
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