El arbol

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MISA DE REQUIEM (Guillermo Blanco)

Uno

Esto es el fin, pensó el sacerdote, con una especie de escalofrío interior.
Como independientes de él —dos palomas—, sus manos revolotearon en el aire limpio de la mañana y fueron a juntarse sobre el misal. Había en ellas una suerte de nimbo blanco: el reverbero del sol recién amanecido, bajo cuyo toque se tornaban difusos los contornos, produciendoun eco de luz que traía a la memoria la imagen del Espíritu Santo.
Pero el sacerdote no pensaba en el Espíritu Santo, ni en palomas.
Pensaba: No tengo escapatoria.
Y a medida que sus dedos operaban con mecánica eficacia, buscando la página del libro que correspondía a la misa de hoy; a medida, luego, que descendía las gradas del altar, trémulo el cuerpo, la vista huida, el pievacilante—vacilante por dentro, en cada músculo y cada nervio y cada articulación, aunque por fuera conservase el aspecto calmo y solemne de todos los días—; a medida que pronunciaba las primeras frases latinas, su mente, ajena a las plegarias, martillaba con insistencia casi física, semejante a un latido:
Es imposible. Es imposible.
Oyó que su voz decía:
—Introibo ad altare Dei.
Y era una voz externa, remota.Le confortó, sin embargo, comprobar que sonaba como de costumbre impermeable a su jadeo interno. Revestida, gracias al hábito y al tiempo, por esa serena majestad profesional; ese aplomo del actor experimentado, que conoce a sus personajes y no defrauda. Que en el drama fingido sabe ser el Rey, o Pedro Crespo, o don Álvaro, sin flaquear —perfecto ciudadano de las tablas—, aun cuando entre tanto leoprima por dentro un violento drama real. Aun, se estremeció, cuando acabe de recibir el anuncio cierto de su propio fin.
—A Deun qui latifica juventute mea—replicó el sacristán con mascullar monótono.
(También el sacristán era, a su modo, un actor de experiencia. De más experiencia que él, en la profesión y en la vida. Años y años representando papeles similares en el ámbito de la liturgia y enel mundo. Frente a ambos era el perenne sancho irredimible. El ser prosaico cuyos pies se apegaban naturalmente a la tierra, intentado por el vago vuelo de la mística, inconmovido por el valor simbólico de los actos o los gestos que realizaba, distorsionando sin piedad esos latines tras los cuales no conseguía divisar nada que no fuera el mecanismo preciso de su empleo.
Su trabajo.
Otrossembraban papas o repartían leche o levantaban muros para ganarse el sustento: Lucho barría la iglesia y dialogaba los oficios. Así, en el mismo plano las papas y la escoba y los adobes y la leche y las oraciones. Para él, pensaba el sacerdote a veces, sería una sorpresa mayúscula llegar a descubrir que Dios existía en realidad, y era algo más que un Cristo de yeso. O un simple nombre vacío: las siglasde una abstracción patronal de donde en forma indirecta emanaba su sueldo.)
No, se dijo. El sacristán no había visto al hombre. Su tono era parejo; el inalterable tono de la indiferencia:
—Adjutorium nostrum in nomine Domini. . .
Pero ¿qué estaría esperando el Negro? ¿Por qué no disparaba de una vez? ¿O por qué no venía, en fin, hasta él y lo acuchillaba?
Le atenaceó un deseo casi invenciblede volverse a la puerta. De averiguar si el bandido permanecía allí, con su silueta—oscura como su apodo— recortándose contra el paisaje exterior, en contraste con la luminosidad mansa de los lomajes costinos. Quizá hubiera penetrado en el recinto de la iglesia. O quizá hubiera resuelto marcharse.
Sí: quizá...
Trató de escuchar, de percibir algún indicio a través del Confiteor que chapurreaba elsacristán, mas no descubrió nada. Sólo el peso de la estolidez de sus feligreses y el denso tedio que parecía flotar en el aire.
No debe de haber entrado—pensó—. Seguirá en la puerta.
La alternativa, antes deseo que esperanza, pugnaba por ahincarse en su mente:
¿Se habrá ido?
Ah, si fuera verdad esto. Y si no, ¿por qué el Negro no disparaba? No podía detenerle un inimaginable temor a las...
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