El arco y el cesto

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  • Publicado : 14 de noviembre de 2011
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EL ARCO Y EL CESTO

Casi sin transición, la noche se ha apoderado de la selva, y la masa de los grandes árboles parece acercarse. Con la obscuridad también se instala el silencio; pájaros y monos se han callado y sólo se dejan oir, lúgubres, las seis notas desesperadas del urutau. Y, como por tácito acuerdo con el recogimiento general en que se disponen seres y cosas, ningún ruido surge ya deeste espacio furti- vamente habitado donde acampa un pequeño grupo de hombres. Allí descansa una banda de indios guayakíes. Avivada a veces por un ventarrón, la luz de cinco o seis fogatas arranca a la sombra el círculo vago de los refugios de palmas cada uno de los cuales, endeble y pasajera morada de los nómadas, protege el reposo de una familia. Las conversaciones susurradas que siguieron a lacena se han apagado poco a poco, las mujeres que abrazan todavía a los hijos acurrucados duermen. Pareciera que tambie'n duermen los hombres, los cuales sentados cerca de sus fogatas montan una guardia muda y rigurosamente inmóvil. Pero no duermen y sus mi- radas pensativas, prendidas a las tinieblas vecinas, delatan una so- ñadora expectativa. Es que los hombres se aprestan a cantar, y esta noche,como a veces en esta hora propicia, entonaran, cada cual para sí, el canto de los cazadores: la meditación prepara el sutil acuerdo del alma y del instante con las palabras que han de expresarlo. De pronto una voz se eleva, al comienzo casi imper- ceptible —tan interiormente nace —, prudente murmullo que aun no articula nada, entregado a la búsqueda paciente de un tono y de un discurso exactos.Poco a poco se eleva, el cantor se siente ya seguro de sí, y de repente,

límpido, libre y tenso, brota su canto. Estimulada por aquella, una segunda voz se une a la primera, luego una tercera; lanzan palabras apresuradas, como respuestas que se adelantan siempre a las preguntas. Ahora todos los hombres cantan. Siguen siempre inmóviles, con la mirada tan sólo algo más extraviada; todos can- tana la vez, pero cada cual canta su propio canto. Son dueños de la noche y cada uno se quiere dueño de sí. Pero precipitadas, ardientes y graves, las palabras de los cazadores achés (1) se entrecruzan, sin saberlo, en un diálogo que ellas quisieran olvidar. Un contraste muy notorio organiza y domina la vida cotidiana de los guayakíes: el de los hombres y de las mujeres, cuyas ac- tividadesrespectivas, marcadas fuertemente por la división sexual de las tareas, constituyen claramente dos campos separados y, como en todas partes, complementarios. Sin embargo a diferen- cia de la mayoría de las demás sociedades indígenas, los guaya- kíes no conocen forma de trabajo en la cual uno y otro sexo par- ticipen a la vez. El caso de la agricultura por ejemplo ofrece un campo de actividades tantomasculinas como femeninas ya que, si en general las mujeres se dedican a la siembra, a la escarda de los huertos y a la cosecha de legumbres y cereales, son los hom- bres los que se ocupan de preparar los terrenos para los cultivos, derribando los árboles y quemando la vegetación seca. Si es ver- dad que los papeles son muy distintos y no se intercambian jamás, no es menos cierto que juntos aseguran laejecución y el éxito de una operación tan importante como la agricultura. A- hora bien, nada de eso ocurre entre los guayakíes que siendo nó- madas ignoran todo sobre el arte de cultivar, y cuya economía se apoya exclusivamente en la explotación de los recursos naturales que les ofrece la selva. Estos pueden inscribirse en dos rubros principales: productos de la caza y productos de la recolección,comprendiendo esta última sobre todo la miel, las larvas y la mé- dula de la palmera pindó. Se podría pensar que la búsqueda de estas dos clases de alimentos se conforma con el
(1) Achés: autodenominación de los guayakís.

modelo muy extendido en América del Sur según el cual los hombres cazan, lo que es natural, dejando a las mujeres el cuidado de colectar. En realidad, las cosas suceden...
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