El bosque calvino

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  • Publicado : 15 de febrero de 2012
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 EL BOSQUE-RAIZ-LABERINTO Italo Calvino
  
En un bosque tan frondoso que aún de día estaba oscuro, el rey Clodoveo cabalgaba a la cabeza de su ejército, de retorno de la guerra. El rey estaba preocupado: sabía que a un cierto punto el bosque debía terminar y entonces él habría llegado a la vista de la capital de su reino, Arbolburgo. A cada vuelta del sendero esperaba descubrir las torres dela ciudad. Nada, todo lo contrario. Hacía mucho tiempo que avanzaban en el bosque y éste, sin embargo, no daba señales de terminar.
  - No se ve, -dice el rey a su viejo escudero Amalberto-, no se ve todavía...
  Y el escudero: - A la vista sólo tenemos troncos, ramas retorcidas, frondas, matas y zarzales. Majestad, ¿cómo podemos esperar ver la ciudad a través de un bosque tan denso?
  - Norecordaba que el bosque fuera así de extenso e intrincado, refunfuñaba el rey. Se hubiera dicho que mientras él estaba lejos la vegetación hubiese crecido desmesuradamente, enroscándose e invadiendo los senderos.
    El escudero Amalberto tuvo un sobresalto. 
  - ¡Allá está la ciudad!
  - ¿Dónde?
   - He visto aparecer a través de las ramas la cúpula del palacio real. Pero no logro divisarlaahora.
   Y el rey: - Estás soñando. No se ve más que palos.
    Pero en la vuelta siguiente fue el rey quien exclamara: - ¡Eh! ¡Es allí! ¡La he visto! ¡Las verjas del jardín real! Las garitas de los centinelas!
   Y el escudero: - ¿Dónde, dónde, Majestad? No veo nada...
   Ya la mirada del rey Clodoveo giraba desorientada enrededor, - Allí... No... Sin embargo, la había visto... ¿Dónde ha ido aparar?
   La sombra se adensaba entre los árboles. El aire se volvía siempre más oscuro. Y entre las ramas más altas se oyó un batir de alas, acompañado de un extraño canto: 
  - Koac... Koac... - Un pájaro de colores y formas jamás vistos revoloteaba en el bosque. Tenía plumas tornasoladas como un faisán, grandes alas que se agitaban en el aire como las de un cuervo, un pico largo como el de unpájaro carpintero y una cresta de plumaje blanco y negro como el de una abubilla.
  - ¡Eh, atrapadlo! -gritó el rey. - ¡Eh, se nos escapa! ¡Sigámoslo!
   E1 ejército, en filas compactas, dirigió su marcha de modo de seguir el vuelo del pájaro, giró a la izquierda, giró a la derecha, retrocedió. Pero el pájaro ya había desaparecido. Se oyó todavía el "Koac... Koac...", alejándose después elsilencio.
   El camino se les hacía penoso. Dijo el rey: - Las ramas nos obstaculizan la marcha. No nos queda más que descabalgar o rasguñarnos con ellas.
   Y el escudero: - ¿Ramas? Estas son raíces, Majestad.
  - Si estas son raíces, -replicó el rey- entonces nos estamos adentrando en la tierra.
  -Y si éstas fueran ramas, -insistió el viejo Amalberto-, entonces hubiéramos perdido de vista elsuelo y estaríamos suspendidos en el aire.
    Reapareció el pájaro. O mejor dicho, se vio volar su sombra y se sintió una "Koac...Koac..."
   - Este extraño pájaro nos guía, -dijo el rey- ¿Pero adónde?
   - Tanto vale seguirlo, sire, -dijo el escudero-. Desde hace rato hemos perdido el camino. Todo está oscuro.
  - ¡Encended las linternas! -ordenó el rey, y la fila de soldados se desanudó por elbosque como una bandada de luciérnagas.
   Todo aquel día la princesa Verbena había mirado con catalejo el horizonte desde el balcón del palacio real de Arbolburgo, esperando el retorno de la guerra del rey Clodoveo, su padre. Pero fuera de los muros de la ciudad el bosque era tan espeso como para esconder a una ejército en marcha. En ese momento a Verbena le había parecido ver una fila dealabardas y de lanzas despuntando entre las ramas, pero debía estar equivocada. Allí, ahora le parecía que algunos yelmos se asomaban entre las hojas.... No, era un engaño de sus ojos.
    Durante la ausencia del rey Clodoveo, el bosque allí abajo se había vuelto cada vez más espeso y amenazador, como si el reino vegetal quisiera asediar los muros de Arbolburgo. Y al mismo tiempo, en el interior de...
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