El buen sancho

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El buen Sancho

Azorín

Contar, filosofar
Toda la vida es contar, narrar, libelar. Se cuenta en la casa, en la redacción, en los pasillos de la asamblea, en los claustros de la catedral, en la antecámara del palacio, en el tinelo de los criados. Un labrador -en el siglo XIII- cambia los hitos de su predio: estaban un poco más acá de las tierras asurcanas y los pone un poco más allá.Descúbrese el fraude; se conmueve la aldea. No se conoce bien el hecho; nadie sabe los límites exactos de las tierras. Las opiniones son contradictorias: hay quien niega y hay quien afirma. El amojonamiento es cosa esencial; más antiguamente que ahora. Los hitos van marcando la Reconquista; se camina lentamente; son siete los siglos que habrá que recorrer. Se avanza un mucho para retroceder después unpoco. Hablando Montesquieu de nuestra recuperación, emplea un adverbio fino, vivo; dice que la debelación de los príncipes mahometanos se hizo «insensiblemente». Sin mojones no hay lindes ciertas; sin lindes ciertas hay disensiones. Se complica -en España- la labranza con el pastoreo. Los rebaños, en su trashumancia, no respetan las lindes; no valen de nada los mojones. Se traspasan cañadas, cordelesy veredas. El labrador está siempre en un tris. Berceo, narrador admirable, cuenta, en la Rioja, la fecunda Rioja, en ese siglo XIII, el caso del labrador que «cambiaba los mojones por ganar heredad». He comenzado yo a decir algo sobre el arte de contar, y he declinado, sin querer, hacia la entraña de nuestra Historia; un cuento de Sancho, el buen Sancho, hubiera ocasionado análogo descamino. Unprofesor del Instituto Nacional Agronómico de Francia, Charles Muret, comienza así, en 1930, un estudio sobre el deslinde: «Casi la mitad de las propiedades, en Francia, está todavía desprovista de todo amojonamiento». No podemos separar de la tierra el espíritu, Alonso Quijano, labrador, empeñó sus cuatro terrones para comprar libros. «Empeñé mi hacienda», dice el hidalgo en la parte segunda,capítulo XVI, de su historia.

El Doctor Recio de Agüero
El palacio ducal de Buenavía, cabe Pedrola, en tierras aragonesas, riberas del Ebro. En el siglo XII, o en el XVII, o en el XX. Cervantes ha jugado en el «Quijote» con el tiempo -lo demostraron Mayáns y Eximeno- y ha acabado por ser víctima del tiempo. El duque se halla en retirada cámara. Don Alonso debe de encontrarse en algún cenador deljardín, entregado a sus cavilaciones. Sancho, en el culmen de la fortuna, gobierna la ínsula Barataria. El duque Carlos lee par de una ventana. Se abre la puerta y aparece la duquesa.
-¿Qué lees, Carlos?
-Leo un librito imperecedero.
-Sospecho cuál es.
-Este librito, de poco tomo y mucha enjundia, es la Imitación de Cristo. Lo voy paladeando por vigésima vez. Y por vigésima vez hago unaobservación curiosa. La observación es profundo enseñamiento psicológico. Leo en la traducción de Nieremberg. El traductor -creo que ha sido el traductor- ha puesto al frente de su traslado una sucinta biografía de Tomás de Kempis. En la biografía, Kempis es un hombre sereno, ecuánime, sosegado. No hay transición de su vida mundana a su vida claustral. Pero cuando vamos internándonos en el cuerpo dellibro, nos encontramos con un hombre tempestuoso. Si la Imitación tiene un subido valor psicológico, lo debe a este atesoramiento de experiencia que el autor hiciera. Y pudo hacerla, gracias a los trances diversos y angustiosos en que se hallara. ¡Ah, él no hubiera querido muchas veces estar entre los hombres! Esas veces eran cuando, zarandeado por las pasiones sañudas del prójimo, él, a pesar detodos sus esfuerzos, no podía hurtarse a la pasión. Obraba, empero, con rectitud. Pero luego sus actos eran detraídos acrimoniosamente por sus conciudadanos. Y ahora, él, como supremo consejo, al escribir las páginas de su libro, amonesta al lector a que se empine sobre las animosidades y tenga plena confianza en su persona. La persona de quien, combatido por el mundo, por los dichos malignos...
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