El caballero del templo - jose luis corral

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  • Publicado : 26 de abril de 2011
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JOSÉ LUIS CORRAL

EL CABALLERO
DEL TEMPLO

Primera parte

EL PRINCIPIO DEL FIN

CAPÍTULO I
Una fina lluvia empapaba las montañas azules del norte y el aire cálido y húmedo estaba impregnado de un aroma a heno fresco y a tierra mojada. El jinete ascendió la ladera del cerro espoleando a su caballo, recabando del animal un último esfuerzo. Al llegar ante el portón del castillo, gritócon fuerza; poco después las dos gruesas hojas de madera chapada de hierro se abrieron y el caballero entró en el patio de armas. El alcaide aguardaba ansioso la noticia.
—Una terrible tempestad ha desbaratado la flota. El rey está a salvo en Perpiñán; su galera consiguió eludir el ojo de la tormenta y bogó rumbo norte en busca de refugio. Otros navíos han recalado en las costas de Provenza eincluso en Mallorca, pero varios se han perdido. De vuestro señor no se sabe nada; la galera en la que viajaba ha desaparecido. Por el momento, el conde de Ampurias se hará cargo de la esposa de don Raimundo; vendrá hoy mismo conmigo a Peralada —informó el jinete nada más descender de su montura, a la vez que le entregaba un pequeño sobre de papel sellado a lacre con el escudo del conde.
Elalcaide se atusó la barba, cogió el documento y sin mediar palabra se dirigió al interior del torreón. Junto a la chimenea una joven de apenas quince años comía un plato de sopa. Su prominente barriga anunciaba que estaba embarazada.
—Doña María —le dijo el alcaide—, preparaos enseguida para partir, el conde os reclama.
La joven señora miró al alcaide y al contemplar su rostro severo supo quealgo grave había ocurrido.
* * *
Unas semanas antes, su esposo, Raimundo de Castelnou, señor del castillo y vasallo del conde de Ampurias, le había dicho que iba a estar ausente una larga temporada. Toda una tarde estuvo explicándole que el rey de Aragón había convocado a los barones y caballeros de todos sus Estados a una gran aventura, y que como vasallo estaba obligado a acudir en suayuda. Le habló de una extraña tierra muy lejana en la que se encontraba el sepulcro de Jesucristo, un lugar sagrado para los cristianos pero que ahora poseían los sarracenos. Su deber como creyente, como señor del castillo de Castelnou y como vasallo del conde era acudir allá y recuperar para la cristiandad el lugar donde había sido enterrado Cristo.
Una luminosa mañana María había contempladosu partida acompañado por cuatro caballeros. La noche anterior había cenado con él y pese al embarazo habían hecho el amor, y él le había repetido cuál era su misión y su destino. Lo observó alejarse entre las curvas del camino y perderse tras la espesura del bosque, varios centenares de pasos más allá de la puerta de la fortaleza. Fue la última vez que vio a su esposo.
Jaime el Conquistador,el más grande de los reyes de Aragón, había pasado toda su existencia guerreando contra los musulmanes de Valencia y de Baleares; casi al final de su vida había decidido que era llegado el momento de ir más allá. Anciano pero todavía vigoroso a sus sesenta años, convocó a los nobles de sus reinos y Estados a una nueva cruzada que tendría como objetivo la reconquista de Jerusalén y la aniquilacióndel Islam. Hacía dos años que algunos de sus agentes secretos, mercaderes catalanes que comerciaban con Oriente, estaban intentando alcanzar pactos con los mongoles para entre ambos destruir a los musulmanes; no llegaron a ningún acuerdo pero de esos contactos surgió la idea de acudir a una nueva cruzada. El rey don Jaime no dudó en convocarla y del puerto de Barcelona zarpó una armada compuestapor más de treinta navíos el 4 de septiembre del año del Señor de 1269. En los primeros días todo parecía ir bien; los tajamares de las galeras de guerra rompían las olas rumbo a Oriente, pero una tormenta desbarató la flota y, aunque unas pocas naves lograron alcanzar el puerto de San Juan de Acre, en la costa de Palestina, otras recalaron en puertos occidentales en busca de refugio y algunas...
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