El chato barrios

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ANGEL CAMPOS “MICROS

MEXICANO

EL CHATO BARRIOS

 El salón de nuestra escuela estaba inconocible; salón de escuela de barrio que, gracias a muebles alquilados, había perdido su aspecto lamentable de otras veces. El heno y las ramas de ciprés, colocadas profusamente a lo largo de las manchadas paredes; banderas tricolores de papel y águilas empleadas para fiestas cívicas, servían de altar agrandes retratos de Hidalgo, Juárez y otros héroes.

Barrido el piso de ladrillos y en vez de bancas, triple hilera de sillas austriacas que, arrancando de la mesa, cubierta por un tápalo chino, terminaba junto a la puerta de la dirección.

Era el día de premios, ese gran día para la infancia de aquellos rumbos, luminoso día para los padres de familia y de constante preocupación para el señorQuiroz (q.e.p.d.) y su ayudante, el paupérrimo cuanto simpático Borbolla. Recuerdo que dos días duraba la compostura del salón, en la cual tomaban parte activa unos vecinos, la criada y aquellos alumnos que se distinguían por su juicio y mayor edad. Las economías del año se empleaban en comprar libros baratos y en imprimir los diplomas cuya idea –una matrona rodeada de chicuelos que cargabanescolares atributos– pertenecía a Borbolla. Libros y diplomas, atados con listones de color, se hacinaban en la mesa a los lados de un tintero de porcelana; dos candelabros con velas jamás encendidas y amarillentas ya, y un par de bustos de yeso, representando a Minerva, el uno, y a Minerva también, el otro.

Se alquilaba un piano y en él lucía sus anuales adelantos la señorita Peredo, tanto en elpiano como en el canto. Era el factótum, y desempeñaba todo lo concerniente a la parte musical, inclusive el acompañamiento de las fantasías que sobre viejas óperas ejecutaba un antiguo tocador de flauta, Bibiano Armenta. Henos aquí desde las siete de la mañana, muy lavados, con traje nuevo los unos, cepillado y remendado los otros, sin adorno alguno los más. Pobres niños de barrio, hijos deporteros, artesanos y gente arrancada, que no podía hacer más gasto que el de medio real; cuartilla para pomada y cuartilla para betún. ¿Pero el traje, qué importaba? Todos éramos felices, y sin parpadear, colgándonos los pies, nos sentábamos en las altas bancas, con los brazos cruzados, contemplando un sillón, miembro de no sé qué ajuar de reps verde, en el que debía tomar asiento, frente a la mesa, uneclesiástico, me parece que canónigo o cura de la parroquia, que siempre presidía el acto y era el gran personaje.
Llegaban las familias sin que nadie se moviese: señoras de enaguas ruidosas y rebozo nuevo, papás de fieltro o sombrero ancho, con ruidosos zapatos y que cruzaban sobre la barriga las manos o se acariciaban las rodillas, niñas de profusos rizos y vestidos de lana... Las personasdistinguidas eran invitadas por el señor Quiroz para tomar asiento en la primera fila, en la que, vestida de blanco, con zapatos bajos, listones tricolores y pelo espolvoreado con partículas de oro o hilos de escarcha, estaba ya la señorita Peredo, muy tiesa y empuñando el enorme rollo de piezas de música.
Sordo y elocuente murmullo se levantaba del salón, cuando se presentaba en escena la familiade Isidorito Cañas; el señor Quiroz bajaba las escaleras, Borbolla se apoderaba de una de las niñas, los hombres se ponían en pie y las mujeres miraban con respeto casi, a la familia que vestía de seda, usaba costosos sombreros, claros guantes y deslumbrantes abanicos.
Isidorito Separábase de la familia para ocupar su puesto en la banca, y todos lo mirábamos de hito en hito; cada año estrenabatraje y cada año se sacaba el premio y se lo disputaba ¡oh coincidencia! el Chato Barrios, hijo del carbonero de la esquina, el más feo y desarrapado alumno de la escuela.
En nuestros corazones de rapazuelos de cinco años influía la elegancia en sumo grado, y veíamos a Isidorito, no como un simple condiscípulo, sino como a un ser colocado en más alta esfera. Su traje nuevo, su cuello enorme y...
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