El cielo de madrid

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  • Publicado : 13 de enero de 2011
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Julio Llamazarez
El cielo de Madrid

Primer círculo El Limbo 3
I 3
II 7
III 11
IV 14
V 18
VI 21
VII 24
VIII 28
IX 32
X 35
Segundo círculo El Infierno 38
I 38
II 42
III 45
IV 49
V 52
VI 56
VII 59
VIII 62
IX 65
X 68
Tercer círculo El Purgatorio 71
I 71
II 74
III 77
IV 79
V 81
VI 83
VII 85
VIII 88
IX 90
Cuarto círculo El Cielo 93final 93

Primer círculo
El Limbo
«Interrumpió mi profundo sueño un trueno tan fuerte que me estremecí como hombre a quien se despierta a la fuerza.»
Dante Alighieri
La Divina Comedia, Canto IV
I
En el verano de 1985, todos teníamos ya treinta años. Quiero decirte con ello que todos éramos ya conscientes de que nuestra juventud se acababa. Tal vez por eso, aquel verano llegó a nosotros conuna especie de melancolía de otoño anticipada.
A pesar de ello, cuando empezó el mes de julio, nos fuimos de vacaciones igual que todos los años. Unos se fueron al mar, al chalet de algún amigo o a la casa de verano de sus padres, otros volvieron a casa y otros, como Eva y yo, nos fuimos a hacer el viaje que desde hacía ya mucho tiempo habíamos estado soñando: a Suecia, su país, que yo estabadeseando conocer y ella ansiosa de enseñarme. La víspera de nuestra partida, encontré a Rico en El Limbo. Él no se iba a ninguna parte. A él lo único que le gustaba era Madrid y más en el verano, cuando apenas queda nadie.
—Hazme caso —me dijo, con su habitual gesto escéptico, mientras me ofrecía un cigarro—. Éste es el único lugar del mundo realmente interesante.
Encendí el cigarrillo y me quedémirándolo. Rico era de Madrid, había vivido aquí prácticamente siempre y aquí seguía viviendo, en la casa y del dinero de sus padres. Al parecer, Rico era de buena familia, aunque él nunca lo dijera.
La verdad es que Rico era un tipo extraño. Andaba cerca de los cuarenta y peinaba ya algunas canas, pero nadie sabía qué hacía ni en qué entretenía su tiempo. De día, era difícil verlo (según él,dormía hasta el mediodía), pero, de noche, a partir de las once, se lo encontraba siempre en El Limbo. Allí lo había conocido yo, a poco de llegar a la ciudad, en el mismo rincón en que ahora estábamos.
Hacía un calor sofocante. Durante todo el día, la tormenta había rondado la ciudad, sin conseguir desatarse, y ahora que ya era de noche el asfalto desprendía un vaho espeso y caliente que se pegabaa la piel como si fuese una pasta. La puerta del local estaba abierta y los ventiladores funcionando a todo gas, pero hacía tanto calor que apenas podía aguantarse. Pensé que era una broma que el bar se llamase El Limbo.
—Todo es acostumbrarse —dijo Rico—. Duermes de día y vives de noche.
—O sea —le dije yo—, como todo el año. —Ya —me respondió él, sonriendo—. Pero, en verano, los días son máslargos.
Julito, el camarero, nos trajo unas cervezas y Rico, tras dar un trago a la suya, volvió al discurso anterior:
Mira, Carlos, no te engañes. Todo lo que puedas ver por ahí está aquí. No en Madrid; en este bar, en la esquina de esta calle... Y lo que no —dijo, muy solemne— está en el Museo del Prado.
No estaba muy de acuerdo con él, pero tampoco tenía interés en llevarle la contraria. Bebíun trago de cerveza y me recosté en la pared, con el cigarro en los labios.
Hacía ya muchos años que frecuentaba aquel bar. Desde que llegué a Madrid en el otoño de 1975, El Limbo se había convertido en mi cuartel general nocturno, igual que para muchos otros; sobre todo, para los que, como Rico y yo, no teníamos que madrugar al día siguiente. Había pintores, poetas, gente sin profesiónconocida, algún novelista inédito, algún filósofo puro, algún músico, algún actor y, sobre todo, borrachos. Borrachos de todas clases. Desde el hombre que vendía poemas por los cafés hasta el que presumía, cuando recordaba sus buenos tiempos de actor, de haber trabajado con Ava Gardner. Y de haberse acostado con ella, claro.
La verdad es que El Limbo era un sitio raro. Anclado en mitad del barrio,...
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