El club dumas

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Arturo Pérez-Reverte

El club Dumas

o La sombra de Richelieu

Diseño: Winfried Báhrie
Ilustración de sobrecubierta: Daranas
Ilustraciones del interior: Francisco Solé, sobre idea de Arturo Pérez-Reverte
Foto de solapa: Europa Press

Círculo de Lectores, S.A. (Sociedad Unipersonal)
Travessera de Grácia, 47-49, 0801 Barcelona
www.circulolectores.com
23 25 49 07 26 24Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía del autor.
Está prohibida la venta de este libro a personas que no pertenezcan a Círculo de Lectores.
©1993 Arturo Pérez-Reverte
Depósito legal: B. 40801-1995
Fotocomposición: Fotoletra, S.A., Barcelona
Impresión y encuadernación: Printer industria gráfica, s.a. N.11, Cuatro caminos s/n, 08620 Sant Vicent dels Horts Barcelona, 1995.Impreso en España
ISBN 84-226-4892-X

A Cala, que me puso en el campo de batalla

ÍNDICE

El vino de Anjou

La mano del muerto

Gente de toga y gente de espada

El hombre de la cicatriz

Remember

Sobre apócrifos e infiltrados

El número Uno y el número Dos

Postuma necat

El librero de la Rue BonaparteEl número Tres

Los muelles del Sena

Buckingham y Milady

Se complica la trama

Los sótanos de Meung

Corso y Richelieu

Un recurso de novela gótica

El fogonazo de luz proyectó la silueta del ahorcado en la pared. Colgaba inmóvil de una lámpara en el centro del salón, y a medida que el fotógrafo se movía a su alrededor, accionando lacámara, la sombra provocada por el flash se recortaba sucesivamente sobre cuadros, vitrinas con porcelanas, estanterías con libros, cortinas abiertas sobre grandes ventanales tras los que caía la lluvia.

El juez instructor era joven. Tenía el pelo escaso, revuelto y aún mojado, como la gabardina que conservaba sobre los hombros mientras dictaba las diligencias al secretario que escribía sentadoen el sofá, con la máquina portátil sobre una silla. El tecleo punteaba la voz monótona del juez y los comentarios en voz baja de los policías moviéndose por la habitación:

—… En pijama, con un batín por encima. El cordón de esa prenda causó la muerte por ahorcamiento. El cadáver tiene las manos atadas en la parte anterior del cuerpo con una corbata. Su pie izquierdo conserva puesta unazapatilla y el otro se encuentra desnudo…

El juez tocó el pie calzado del muerto y el cuerpo giró un poco, despacio, al extremo del tenso cordón de seda que unía su cuello con el anclaje de la lámpara en el techo. El movimiento fue de izquierda a derecha, y después en sentido inverso y con más corto recorrido hasta centrarse de nuevo en la postura original, como una aguja imantada querecobrase el norte tras breve oscilación. Al apartarse, el juez se ladeó para esquivar a un policía uniformado que, bajo el cadáver, buscaba huellas digitales. Había un jarrón roto en el suelo y un libro abierto por una página subrayada con lápiz rojo. El libro era un viejo ejemplar de El vizconde de Bragelonne, una edición barata encuadernada en tela. Inclinándose sobre el hombro del agente, el juezle echó un vistazo al texto marcado:

“—Me han vendido —murmuró—. ¡Todo se sabe!

—Todo se sabe al fin —repuso Porthos, que nada sabía.”

Hizo que el secretario tomase nota de aquello, ordenó incluir el libro en el sumario, y fue a reunirse con un hombre alto que fumaba junto al alféizar de una ventana abierta.

—¿Qué le parece? preguntó alllegar a su lado.

El hombre alto llevaba la placa de policía colgada en un bolsillo de su chaqueta de cuero. Tardó en responder el tiempo necesario para apurar la colilla que tenía entre los dedos, antes de arrojarla por la ventana sin mirar atrás.

—Cuando es blanca y viene embotellada, suele tratarse de leche —respondió por fin, críptico, mas no tanto como para que el juez no...
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