El cuentacuentos

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La Forastera

La conocí en un piano-bar, pensaba en ti, cuando ella, sin más preámbulo, me pidió un cigarrillo; con desgano le dije que no fumaba y apuré el último trago de cerveza, ordenando al rato la otra; estaba abstracto e imaginaba mi vida a tu lado; prohibiciones, rencores y prejuicios; la luz de neón y esas melodías de antaño, evocaciones de épocas. Solíamos venir frecuentemente a estelugar por solamente oírlas... Hundido en recuerdos, de pronto sentí de nuevo esa presencia femenina preguntándome la hora; miré el reloj y le dije, un poco menos ido – Señorita son las once con cuarenta... esta vez pude detallarla cuando una suave sonrisa me dio las gracias, noté su perfil hermoso, no tendría algo más de treinta años; aunque estaba a mi lado, no me di cuenta cuando llegó, quizásporque mi mente divagaba en remolinos de dudas; mis sueños mutilados ahora, ahogados en licor; con los codos apoyados en la barra, miré de repente y la vi lejana, absorta, completamente alejada, parece que andaba en una de nostalgia al igual que yo.

Poco después le ordené un trago. Mi amigo Jaime, el barman, sabía lo que estaba tomando y él personalmente se encargó de servírselo a mi nombre.Cuando cruzamos miradas, ahora, por primera vez, observé su honda soledad reflejada en sus ojos gris verdoso de una tristeza especial, esquivó mi mirada, pero pude, en medio del alcohol que tenía en las venas, entablar una conversación con ella, - Gracias por el trago – me dijo, y bajó la cabeza; sus cabellos profundamente negros y lisos cayeron en sus hombros; no pude evitar tomar su mano ypreguntar detalles. Se incorporó, y rápidamente apartó su mano, me sentí apenado y le pedí disculpas por mi osadía. – No se preocupe, estoy un poco alterada, exclamó. Sus labios finos y bien delineados continuaban entreabiertos mientras permanecía en silencio.

Me habló de sus viajes, antiguos amores, los hombres que marcaron su vida y de sus treinta y dos años tratando de encontrar la razón de suexistencia, pacientemente le escuché; de vez en cuando se reía dejando ver la perfecta linealidad de su dentadura, - Soy escritora, me dijo. Aunque conozco poco de libros comentamos desde “Un Héroe de Nuestro Tiempo” de Mijail Iurevitch Lérmontov, pasando por obras de Herman Hess hasta tener una acalorada discusión por puntos de vista contradictorios sobre el papel de Melquiades en “Cien Años deSoledad”.

El tiempo se agotó rápido y la hora de irse había llegado; no quiso entonces que pagara totalmente la cuenta y acepté su proposición de pagarla entre ambos.
Al salir del piano-bar, le exigí llevarla a su residencia; – Lléveme donde las palabras nos puedan envolver – me contestó. Recorrimos la ciudad que a esas horas estaba desierta; ella, recostada a mi lado, murmuraba una viejacanción. Detuve el auto en una plaza cualquiera iluminada de sombras y sin pensarlo le dije que me gustaba; me miró sorprendida, llamándome al mismo tiempo mentiroso y patán y sin vacilar me besó en los labios tiernamente, dejándome sin respuestas su actitud, – Sigue conduciendo, me dijo, – Perdámonos en estos recintos que el silencio ha preparado para los dos, tú y yo, almas desapareadas... – Mi mente,turbia en la ebriedad y confusión no coordinaba bien, recordé un momento de felicidad contigo, mientras sentía su tibio cuerpo dormitar en mi hombro. Muchas veces tú, te quedaste dormida allí mismo, donde ahora ella se encontraba, fue precisamente allí que tus dolores de mujer, el producto de tus frustraciones y desencuentros se quedaron prisioneros de las lágrimas que siempre quise comprender.En algún lugar de mis viajes imaginarios hacia ti, oí la voz bien timbrada de mi extraña compañera preguntándome si sería capaz de hacerle el amor; no le contesté y seguí conduciendo, pensando en la derrota sufrida. Quizás ambos fuimos perdedores de una batalla que nunca comenzó, fue mejor no entender tu mundo frágil, que querías decorar y hacer distinto al de los humanos comunes; yo tal vez...
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