El diosero

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EL DIOSERO
El diosero
Rojas González, Francisco, 1903-1951.
Editorial: México : Fondo de Cultura Económica, 1990.

KAI-LAN, señor del caribal de Puná, sentado frente a mí toma una graciosa postura simiesca y sonríe amistoso; en sus manos cortitas y móviles, juguetea un bejuco. Estamos bajo el techo de su "champa" erigida en un claro de la selva; en un claro que es islote perdido entre elocéano vegetal que amenaza desbordarse en olas crujientes y negras. KaiLan escucha, sus ojos se clavan en mi rostro; parece adivinarme el gesto mejor que entender mis palabras. A veces, cuando mi propósito logra penetrar en el cerebro o en el corazón del indio, él ríe, ríe a carcajadas. .. Mas a veces, cuando mi relato tórnase grave, el lacandón se pone formal y aparentemente interesado en aqueldiálogo en que participa él con algunos monosílabos o con tal o cual frase sencilla, emitida con dificultad.
Las tres mujeres de Kai-Lan están cerca de nosotros, sus tres “kikas". Jacinta, niña casi y madre ya de una indiecita lactante, de cara redonda y cachetona; Jova, una anciana reservada, fea y huidiza, y Nachak'in, hembra en plenitud; su perfil arrogante como un mascarón pétreo de Chichén-Itzá,los ojos sensuales y coquetones, el cuerpo ondulante, apetitoso, a pesar de la corta estatura y los ademanes sueltos, tanto, que llegan a descocados frente al desabrimiento de las otras dos.
Jova, arrodillada cerca del metate, tortea grandes ruedas de masa de maíz; Jacinta, que carga sobre el brazo izquierdo a su hija, revuelve entre las brasas del fogón un faisán abierto en canal del que sale untufillo agradable. Nachak'in de pie, metida en su amplio cotón de lana, mira impávida el ajetreo de sus compañeras.
-Y ésa -pregunté a Kai-Lan señalando a Nachak'in- ¿por qué no trabaja?
El lacandón sonríe, guarda silencio unos instantes; con ello da idea de que busca los términos apropiados para responder:
-No trabaja en el día -dice al fin-, a la noche sí. .. A ella toca subir a la hamacade Kai-Lan.
La bella "kika", tal si hubiera entendido las palabras que en castellano me dijo su marido, baja los ojos ante mi curiosa mirada y pliega los labios en una sonrisa terriblemente picaresca. De su cuello robusto y corto, cuelga un collar de colmillos de lagarto.

Fuera de la "champa", la selva, el escenario donde se desenvuelve el drama de los lacandones. Frente a la casa de Kai-Lan,se alza el templo del que él es Gran Sacerdote, al mismo tiempo que acólito y fiel. El templo es una barraca techada con hojas de palma; sólo tiene un muro, que ve al poniente; adentro, caballetes de rústica talla y, sobre ellos, los incensarios o braserillos de barro crudo, que son deidades doblegadoras de las pasiones, moderadoras de los fenómenos naturales que en la selva se desencadenan confuria diabólica, domadores de bestias, amparo contra sérpientes y sabandijas y resguardo opuesto a los "hombres malos" del más allá de los bosques. .
Junto al templo, la parcela de maíz cultivada cuidadosamente; matas vigorosas se alzan del suelo más de dos palmos entre las paredes de los hoyancos cavados a "coa"; un lienzo de varas espinudas protege al sembradío de las incursiones de los jabalíesy de los tapires y, abajo, entre lianas y raíces, el río Jataté. El clima es húmedo y tibio. La voz de la selva, de tono invariable y de intenciones tozudas como las del mar, aquel ruido de enervantes efectos para quien lo escucha por primera vez y que acaba por tornarse, andando el tiempo, en estímulo grato durante el día y en arrullo suave durante la noche, aquella voz nacida de buches de aves,de fauces de fieras, de ramas quebradizas, del canto de las hojas de las ceibas, del ramón y del asesino matapalos que trepa sus tentáculos abrazados a los corpulentos troncos del caobo, del chicozapote, para extraer de ellos, en provecho propio, hasta la última gota de savia, del chiflido intermitente de la nauyaca que vive entre las cortezas del chacaIté y del ululante alarido del sarahuato,...
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