El encantador de las princesas

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El encantador de princesas

José Ramón San Miguel Hevia

Donde se demuestra que el caballero Leibniz, a pesar de la desgraciada configuración de su cabeza, tuvo tratos y conversación con damas
de todas las edades y de altísima condición
1
En el otoño del año 1704 cuatro figuras se paseaban por los jardines del palacio de Lüneburg, construido hacía sólo cinco años en Berlín, siguiendo porsupuesto el modelo de Versalles. Pero en aquel paisaje bucólico el varón y las tres damas que le acompañaban no iban disfrazados de pastores ni improvisaban madrigales ni elegías. Tenían el vestido y sobre todo la elegancia imposible de imitar de los auténticos aristócratas, y su tema de conversación iba de la alta política a la filosofía y la teología.
La edad de quienes componían aquel cuadroera también desconcertante, porque por su aspecto exterior parecían representar a cuatro generaciones reunidas allí por efecto del azar. La figura central era un varón de más de cincuenta años, de altura mediana, constitución robusta y anchas espaldas. La gran cabeza estaba coronada por una gigantesca peluca que disimulaba con dificultad su calvicie total y un bulto del tamaño de un huevo. Caminabasiempre encorvado hacia delante y mirando al suelo y por eso parecía cargado de hombros. Tenía una mirada miope y unas piernas delgadas y exageradamente arqueadas.
Pero las tres damas que le escuchaban estaban pendientes de sus palabras en un silencio casi religioso, porque detrás de aquella figura insignificante se ocultaba una de las inteligencias más grandes de Europa. Pues Guillermo Leibnizhabía conocido prácticamente a todos los matemáticos, físicos, filósofos y teólogos, y había asesorado la política de los príncipes más eminentes y tratado a las princesas más ilustres.
2
Cada una de ellas iba a intervenir en la vida de Leibniz según su edad. La más anciana, de unos setenta y cinco años, era la electora Sofía, desde hacía seis años viuda de Ernesto de Hannover en la Baja Sajonia.Tenía una cultura y una inteligencia extraordinarias, pero además una increíble combinación de casualidades genealógicas habían hecho de ella una ficha clave en la configuración política de Europa, en gran parte gracias a los esfuerzos y a la habilidad diplomática del mismo filósofo.
Sofía había conocido a Leibniz hacía ya treinta años, desde el momento en que fue nombrado bibliotecario ehistoriador de los duques, pero su amistad se hizo más profunda durante el principado de Ernesto ya en el año 1680. El nuevo soberano apreciaba el talento práctico del filósofo, pero sólo su esposa admiraba su oceánica sabiduría. Leibniz se mantuvo fiel a los dos, presentando innumerables proyectos al elector y manteniendo al mismo tiempo conversaciones con Sofía sobre temas de metafísica y teología.Cuando la comunicación hablada era imposible, siguieron en contacto a través de abundantes cartas, donde Leibniz exponía con la mayor claridad sus ideas de filosofía. Sofía no ocultaba su admiración y llanamente decía que estimaba las felicitaciones y los saludos de su amigo más que las de todos los príncipes y reyes, y que le escribía con la mayor frecuencia simplemente para poder leer suscontestaciones.
3
Al lado de su madre caminaba precisamente Sofía Carlota, que entonces tenía aproximadamente treinta y cinco años. Después de unos momentos difíciles al principio de su matrimonio, cuando tuvo que sufrir la frialdad de una corte que recelaba de una princesa de Hannover, consiguió ganar la confianza de las fuerzas vivas del electorado y tomar la iniciativa, promocionando la academia deCiencias y convirtiendo el palacio en centro de la vida social. Allí organizaba festivales de música, bailes de máscaras, debates filosóficos y teológicos, con tal éxito que en su honor se había propuesto dar al palacio el nombre de Charlottemburg.
Por otra parte su esposo había decidido convertir con la ayuda del Emperador, el electorado de Brandemburgo en un reino, autoproclamándose en 1700...
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