El espantajo

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  • Publicado : 1 de marzo de 2011
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El espantajo
Un yagual de cerros y al fondo los maizales de fresco y amarejado verdor. Más abajo, la charca circular y más abajo aún la tarde oro y rosa, sin sol, desteñida, cogida, caída en el fondo de aquel verdor oscuro, pudorosa y friolenta en su desnudez de durazno.
Venía la brisa despeinando la milpa con sus manos de espulgadora, con ágiles dedos buscando el piojo de la piedra; apartandolas madejas sonoras sin encontrarla. El cielo era una sola nube de vidrio. En el silencio de la playa, los sapos atrincherados entre el camalote de las márgenes, disparaban sus ametralladoras de tristeza. Cuando paraban se oían caer aquí y allá en el agua las piedrecitas de las ranas con su dulce “cuy… cuy…” haciendo círculos concéntricos de nácar que se perdían en la orilla y se continuaban en elalma. Sólo, cortando esbelto la verde ricura del tunalmil, irrumpía el tronco de cobre de un jiote.
Las sombras de la noche venían por varios rumbos acorralando otros rumores lejanos. Eran (entre balidos lúgubres) el croar de los sapos de hierro, las ametralladoras intermitentes. En el campo había guerra pues eran los días rociados de cenizas del gran alzamiento de los Izalcos.
Los indios sedoblaban cortados por la hoja acerada, como gavillas de arroz o como milpas secas. La guardia batía inmisericorde los cantones y escondrijos montañeros.
En el cantón Casamaluco, al jaz del tunalmil, se alzaba el rancho chacho de Indalecio Cune, yerno de Chico Sánchez, el jefe indio. Allí se quedaron solas las mujeres, el anciano Ulogio Ceya y el dundito Lalo Chután que andaría en los dieciochoabriles.
Las mujeres le decían a Lalo:
—Te jueras, Laló, onde el señor Brido, ¿arrecordás?, en el pueblo, en la tienda.
—¿Qué a yo también, pué? —preguntaba— ¿qué me enjusilan a yo? Yo nuei macheteado gente.
El anciano lo tentaba con la punta de las uñas negras, tembloroso de la mano y de la voz:
—Te enjusilan mientras siaverigua, oyó, andatiyendo hijó, la Virgen te proteja.
Lalo sonreía conmueca insegura y daba algunos pasos, pero el instinto taba verde en él como en el mapache y contenía otragüelta.
Las ametralladoras se oían detrás de los cerritos, escupiendo un terror aún lejano. La crencha lacia, prieta como escobillón de artillería, le salía a Lalo del sombrero, que ya sólo era el ala desflecada, como mordida de los cuches. El cotón de manta se le bía hecho hilachas en la fugapor los ishcanalares y los mongoyanos. Un calzón que jué azul soldado, con pierna y media y los burros de becerro que el señor Brido le bía mercado en la cabecera, porque Lalo le lavaba las botellas y le compraba el zacate para la mula “Coneja”, que jalaba el carretón de la tienda, en el pueblo.
Las tirazones se acercaban lenta pero seguramente al rancho chacho de Indalecio Cune. Venían peleando yvenían jusilando. El peleo se oiba en chorrera, como es el cante feyo de las ultromáticas. El jusileyo se oiba en descargas de una pieza, con un callar que les seguía, tan hondo y humoso que ñublaba la vista y el óido. Las mujeres se santiguaban y rezaban quedito.
—¡Cuántos otros pobrecitos aura!... —decía la Goya Shupte cada vez—. ¡Cuántos otros pobrecitos aura!... —y añadía mecánicamente—¡Avemariapurísima!. Dos balas pasaron chiflando cerca del paraíso. El viento se traiba el olor fétido del buey muerto en la loma del trapiche. Los zopes papeliaban allá, bajando en rueda desde el azul del cielo hasta cubrir las ramas secas de los caragos y los morros. Era un tujo dulzón que asqueaba el ombligo y hacía pelar las jachas y descupir.
—¡Qué turbamulta de jedentina, tatitemialma!...—Apestan más los cristianos —apuntaba el anciano.
Lalo Chután, jugado como era, se daba cuenta del peligro. No se animaba a cruzar los tunalmiles él solo; quería que el anciano Ulogio Ceya lo acompañara tantito.
—Pero, hijo —le decía el viejo con ambas manos sobre el estómago— si yo nuaguanto caminar. Diaquí al puesto de Casamaluco me pongo inútir. Date priesa antes que seya deshora. ¡Andate,...
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