El fin de la locura....volpi

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—«Je crois plutót á la sottise du peuple. [...] De
méme, par le fait seul de la foule, les germes de bétise
qu'elle contient se développent et il en resulte des effets
incalculables.»

—«Ton scepticisme m'épouvante!», dit Pécuchet.

FLAUBERT, Bouvard et Pécuchet

«No se muera vuestra merced, señor mío, sino
tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor
locura que puede hacer unhombre en esta vida es de-
jarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni
otras manos leacaben que las de la melancolía.»

CERVANTES,
Don Quijote de la Mancha, II, cap. 74

Este libro es una obra de ficción.
Cualquier semejanza con la realidad
es culpa de esta última.

PRÓLOGO

Ciudad de México, 10 de noviembre, 1989

Ni siquiera sé a quién debo dirigir estas palabras. ¿A ti?¿A mí mismo? ¿A esa entelequia que llamamos posteridad? Aguardo tu llegada con el vano arrepentimiento del pecador que al tratar de evadir su penitencia sólo acierta a prolongar su culpa.
Una falta como la mía no merece, según tú, perdón alguno.
¿Qué podría alegar en mi defensa cuando no hay salvación posible y, peor aun, cuando todo me señala como responsable de mi desventura? En estacircunstancia no me queda sino aparentar una obstinada soberbia hasta el final: tal vez no elimine mis errores, pero me permite creer que no soy víctima de mi torpeza sino de un destino crudo e implacable.

No me parece casual que el televisor, decidido a reproducir mi infortunio, me entregue en estos momentos las imágenes de esos jóvenes que con gozosa y amnésica violencia desmantelan el Muro deBerlín. Te preguntarás qué diablos puede importarme el derrumbe de ese símbolo de la tiranía comunista cuando
yo mismo me precipito en la ignominia. Te confieso que acaso por mi edad —o por la tragicomedia que represento— esas piedras me provocan una súbita nostalgia; aunque fueron el blanco de mis más severas críticas, ahora sólo atino a considerarlas simples metáforas de mi fragilidad. Exhausto,desenchufo el aparato, acaricio el revólver de mi padre y regreso por enésima
vez a la carta que tuviste la vileza de dejar en mi escritorio.

Al forzarme a realizar un balance de mi vida, evocas la pri-
mera vez que nos cruzamos, en mayo del sesenta y ocho, en Pa-
rís, frente al consultorio del doctor Lacan. ¡Claro que lo recuer-
do! De nada sirve preguntar si a lo largo de este tiempo nosamamos o nos odiamos; lo que no comprendo es tu actual em-
peño en destruirme. Mi práctica psicoanalítica apenas me ayu-
da a desentrañar tus motivos: lo más sencillo sería concluir que
me castigas porque encarno el fracaso de tus ilusiones, pero esta
explicación no basta para aclarar tu encono. ¿Por qué no con-
fías en mí? ¿Por qué me abandonas cuando más te necesito?
Adivino tus palabras:Porque no me dijiste toda la verdad. ¿La
verdad? ¿De qué te sirvió contemplar el fin de la revolución, el
penoso trayecto de este siglo, el sanguinario envejecimiento de
nuestra causa? Si algo aprendimos en esta era de dictadores y
profetas, de. carniceros y mesías, es que la verdad no existe: fue
aniquilada en medio de promesas y palabras.

Cuando me anunciaste que vendrías a México, despuésde
tantos años de separación, no albergaba demasiadas esperanzas
en nosotros —siempre supe que nuestros espíritus habían sido
modelados para contradecirse— pero al menos pensé que más
allá de los desacuerdos lograríamos preservar nuestra complici-
dad. Me equivoqué doblemente: primero, al creer que era posi-
ble armonizar la independencia y el compromiso y, luego, al
asumir que antepondríasnuestro pasado común a tus ideales. O
quizás sería mejor decir que ambos erramos o nos confundimos
en esta época dominada por la falta de certezas. ¿Cuántos de
nuestros compañeros de ruta no padecen dilemas similares?
¿Cuántos de ellos no se lamentan, justifican o arrepienten al
comprobar la fugacidad de sus anhelos y la dimensión de sus
crímenes? Nuestro caso resulta tan trágico e...
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