El fin de una ciudad

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EL FIN DE UNA CIUDAD Hugues Rebell

El fin de una ciudad

Hugues Rebell

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Mais le front n'avait plus ses roses de lumière, Mais rien ne battait plus dans le sein adoré, Qui versait sur le monde à son matin sacré Tes flots brûlants et doux, ô Volupté première! LECONTE DE LISLE.

La ciudad de Zur, edificada en el centro de una inmensa llanura, levantaba, bajo un cielo eternamente azul yentre el oro glauco de las frondosas arboledas, las torres de sus palacios. En otro tiempo había sido la ciudad más célebre del mundo; y una multitud de poetas y de trovadores, populares antaño, olvidados ogaño, habían escrito su historia y cantado sus maravillas. De los tres millones de hombres que la habitaron al principio, ya no quedaban, por tanto, sino cien individuos, únicos descendientesde la población más numerosa, únicos herederos de las más grandes riquezas. Esa centena de nababos, vivía tranquilamente sin detestarse y sin amarse. Aunque, en realidad, todos tenían la misma posición y la misma fortuna, uno de ellos último vástago de la dinastía zuriana- continuaba, nominalmente, siendo rey. Los demás veneraban en él el recuerdo de una antigua y noble familia y eso era todo; puescomo la ciudad estaba demasiado aislada de las otras ciudades del universo y como sus vecinos vivían en la más perfecta harmonía, nunca tuvo necesidad de organizar un ejército ni de pronunciar una sentencia. Cuando los países de Europa eran aún completamente bárbaros, Zur era ya un país completamente civilizado, más civilizado que nuestro mundo contemporáneo. Los progresos de la industria y de laciencia, habían proporcionado a sus habitantes un bienestar material completo y perfecto: los zurianos no tenían necesidad de trabajar para vivir holgadamente. La inteligencia adquiría sin esfuerzo, gracias a la simplificación de los métodos, las nociones universales. Y lo que sabían les bastaba para no desear aprender lo que ignoraban. El desarrollo y la popularidad de la ciencia había dado porfruto la igualdad; las carreras y los oficios habían desaparecido y las grandes fortunas ganadas por los hombres primitivos seguían intactas en el fondo de las arcas. Nadie compraba nada, puesto que nadie tenía necesidad de cosa alguna. Un día el viejo rey, patriarca de aquel rebaño de afortunados, reunió a sus cien súbditos al rededor de una mesa bien servida, creyendo que su título le dabaciertos derechos y que su cetro imaginario era útil a la ciudad. Cuando el banquete estaba a
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punto de terminar y mientras todo el mundo se llevaba a los labios las últimas copas, el monarca, cuya frente estaba adornada de una corona de diamantes y cuyo cuerpo estaba envuelto en un manto de púrpura, levantóse y dijo: -Yacomienzo a sentir que la hora de mi muerte se aproxima ¡oh buenos amigos míos!... Yo habría querido que esta fiesta tuviese por objeto la consagración de un nuevo rey, hijo mío y representante de mi raza; pero vosotros sabéis bien que el vientre de mi esposa Ierta fue infecundo. Escoged, pues, vosotros mismos, al que deba sucederme, para que yo pueda tener la dicha de bendecirlo con mis manos, deentregarle mi cetro y de coronarlo con mi corona. Al oír estas palabras, los noventa y nueve tributarios del viejo rey comenzaron a gritar confusamente. Al fin una voz dominó el barullo: -¿Qué necesidad tenemos de elegir tu sucesor?... El pueblo de Zur muere con tu dinastía. Mira a tu alrededor y verás a tus últimos súbditos. Entre nosotros no hay un solo niño, ni siquiera un joven, porque nuestra razadebilitada por el vicio y por el trabajo de nuestros antepasados no puede ya retoñar. La medicina, con su impotencia vanidosa e hipócrita, nos ha proporcionado los remedios para curar la enfermedad y el dolor del cuerpo, pero no ha sabido ni renovar nuestra sangre ni convertir en seres nuevos y valientes los seres viejos y gastados. -¿Qué importa -replicó el rey- que nuestro pueblo muera con...
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