El grande pez

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UN PEZ GORDO
Una novela de dimensiones míticas

De Daniel Wallace

Dedicatoria del autor:
Para mi madre
A la memoria de mi padre
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Durante una de nuestras últimas excursiones en coche, hacia el final de la vida de mi padre comohombre, nos detuvimos junto a un río y dimos un paseo hasta sus orillas, sentándonos allí a la sombra de un viejo roble.
Al cabo de un par de minutos mi padre se quitó los zapatos y los calcetines, metió los pies en el caudal de aguas claras y se quedó mirándoselos. Luego cerró los ojos y sonrió. Llevaba algún tiempo sin verle sonreír así.
De repente, respìró hondo y dijo:
-Esto merecuerda.
Y se detuvo a pensar un rato más. En aquel entonces las ideas se le ocurrían despacio, si es que llegaban a ocurrírsele, y supuse que estaría tratando de recordar algún chiste que quería contarme, porque siempre tenía algún chiste que contar. O tal vez me contaría una historia que celebrase su vida aventurera y heroica. Y me pregunté: ¿Qué le recuerda esto? ¿Le recuerda el pato que se metióen la ferretería? ¿El caballo del bar? ¿El niño que le llegaba a la altura de la rodilla a un saltamontes? ¿Le recuerda el huevo de dinosaurio que encontró cierto día y después perdió, o el país que en su época gobernaba durante casi toda la semana?
-Esto me recuerda –dijo- cuando era niño.
Miré a aquel anciano, aquel anciano con los viejos pies sumergidos en la corriente de aguas claras,en esos momentos que se contaban entre los últimos de su vida, y de pronto lo vi, sencillamente, como si fuera un muchacho, un niño, un joven, con toda la vida por delante, tal como la tenía yo. Nunca lo había visto así. Y todas esas imágenes... el hoy y el ayer de mi padre... convergieron, y en ese instante se convirtió en una criatura extraña, fantástica, joven y vieja a la vez, moribunda yrecién nacida.
Mi padre se convirtió en un mito.

I

El día que nació

Nació durante el más seco de los veranos en cuarenta años. El sol apelmazaba la fina arcilla colorada de Alabama hasta convertirla en terrones y no había agua en muchos kilómetros a la redonda. La comida también escaseaba. Ni el maíz, ni los tomates, ni siquiera las calabazas se dieron aquel verano, agostados bajoel brumoso cielo blanquecino. Daba la impresión de que todo moría: las gallinas primero y después los gatos, a continuación los cerdos y luego los perros. Iban a parar a la cazuela, eso sí, del primero al último, incluídos los huesos.
Un hombre se volvió loco, comió piedras y murió. Fueron necesarios diez hombres para llevarlo a la tumba, tanto pesaba, y otros diez para excavarla, tal era lasequedad.
Mirando al este la gente decía: ¿Os acordáis de aquel río caudaloso?
Mirando al oeste: ¿Os acordáis del estanque de Talbert?
El día en que nació amaneció como cualquier otro día. El sol salió, asomando sobre la casita de madera donde una mujer, con el vientre grande como una montaña, batía para el desayuno de su marido el último huevo que les quedaba. El marido estaba ya enlos campos, removiendo la tierra con el arado alrededor de las retorcidas raíces negras de una misteriosa hortaliza. Relumbraba el sol, radiante, cegador. Al entrar a tomar el huevo, el marido se enjugó la frente con un deshilachado pañuelo azul. Luego escurrió el sudor sobre un viejo tazón de hojalata. Para tener algo que beber más tarde.
El día en que nació, el corazón de la mujer se detuvo,brevemente, y ella murió. Luego volvió a la vida. Se había visto a sí misma suspendida sobre sí misma. Vio también a su hijo... y decía que estaba incandescente. Cuando su ser volvió a ser uno, sintió calor donde él estaba.
-Queda poco –dijo-, ya no tardará.
Tenía razón.
El día en que nació, alguien avistó una nube por allá a lo lejos, una nube un tanto oscura. La gente se congregó...
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