El hipocampo de oro

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El Hipocampo de oro

Abraham Valdelomar

La casa de la señora Glicina era pequeña y limpia. Alta, maciza, flexible, ágil, en plena juventud, la señora Glicina tenía una tortuga. Una tortuga obesa, desencantada que a ratos, al mediodía, despertaba al grito gutural de la gaviota casera; sacaba de la concha facetada y terrosa, la cabeza chata como el índice de un dardo, dejaba caer dos lágrimaspor costumbre, más que por dolor; escrutaba el mar; hacía el de siempre sincero voto de fugarse al crepúsculo y con un pesimismo estéril hacíase esta reflexión:

- El mundo es malo para con las tortugas.

Tras una pausa agregaba:

- La dulce libertad es una amarga mentira...

Y concluía siempre con el mismo estribillo, hondo fruto de su experiencia.

Metía la cabeza bajo el romo yfacetado caparazón de carey y se quedaba dormida.

La señora Glicina no era feliz, viuda y estéril. Decir viuda no es más que decir que su amor había muerto... Un día había aparecido en el lejano límite del mar un barco extraño. Era como un antiguo galeón de aquellos en que Colón emprendiera la conquista del Nuevo Mundo. Cuadradas y curvas velas, pequeños mástiles, proa chata y áurea, sobre la cual sedestacaba un monstruo marino. La nave llegó a la orilla en el crepúsculo pero no tenía sino un tripulante, un gallardo caballero, de brillante armadura. Aquella noche el caballero pernoctó en la casa de la señora Glicina y, al alba, la dorada nave se perdió en la neblina con su gallardo tripulante. Aquel amor breve fue como la realización de un mandato del destino. Y la señora Glicina fue desdeese momento la viuda de la aldea.

***

Pasaron tres años. Tres meses. Tres semanas. Tres noches. Y al cumplirse esta fecha, la señora Glicina se encaminó por la orilla, hacia el sur. Poco a poco fue alejándose de su vista el caserío. Las chozas de caña y estera fueron empequeñeciéndose; las palmeras, a la distancia, parecían menos esbeltas y se difuminaban en el aire caliente que salía delarenal brillante como en acción de gracia al sol. Las barcas, con sus velas triangulares, se recostaban sobre la línea del mar y parecían pequeñas sobre la rizada extensión. La señora Glicina iba dejando sobre la orilla húmeda las delicadas huellas de sus pies breves.

-¿Adónde vas, señora?- le dijo un viejo pescador de perlas. No avances más porque en este tiempo suele salir del mar el Hipocampode oro en busca de su copa de sangre...

-¿Y cómo sabré yo si ha salido el Hipocampo de oro?- Interrogó la señora Glicina.

-Por las huellas fosforescentes que deja en la arena húmeda, cuando llega la noche...

Avanzaba la viuda y encontró un pescador de corales.

-¿Adónde vas señora? -le dijo- ¿No tienes miedo al Hipocampo de oro? A estas horas sale en busca de sus ojos -agregó elmancebo-.

- ¿Y cómo sabré yo si ha salido el Hipocampo de oro?

Y el hombre le respondió:

- En el mar se oye su silbido estridente cuando cae la noche y crece el silencio...

Caminaba la viuda y encontró a un niño pescador de carpas.

- ¿Adónde vas, señora? -le interrogó- No tardará en salir el Hipocampo de oro por el azahar del Durazno de las dos almendras.

La mujer volvió a preguntar:- ¿Y cómo sabré yo dónde sale el Hipocampo de oro?

El niño le dijo:

- En el silencio de la noche cruzará un pez con alas luminosas antes que él aparezca sobre el mar.

Caminaba la viuda. Ya se ponía el sol. En la tarde de púrpura su silueta se tornaba azulina. Caía la noche cuando la viuda se sentó a esperar en una pequeña ensenada. Entonces comenzó a encenderse una huella en la húmedaorilla. Un pez luminoso brilló sobre las olas, un silbido estridente agujereó el silencio. La luna cortada en dos por la línea del horizonte, se veía clara y distinta. Un animal rutilante surgió de entre las aguas agitadas y, en las tinieblas, su cuerpo parecía nimbado como una nebulosa en una noche azul. Tenía una claridad lechosa y vibrante. Chasqueó las olas espumosas y empezó a llorar...
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