El huevo de cristal

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El huevo de cristal
Herbert George Wells

Hasta hace un año, había cerca de los Siete Cuadrantes, una tiendecilla de aspecto mugriento sobre la que estaba inscrito en letras amarillas borradas por el tiempo el nombre de C. Cave, Naturalista y Anticuario. Los objetos expuestos en el escaparate eran curiosamente heterogéneos. Comprendían algunos colmillos de elefante y un incompleto juego deajedrez, abalorios y armas, una caja con ojos, dos cráneos de tigre y uno humano, varios monos disecados comidos por la polilla -uno sosteniendo una lámpara-, un armario anticuado, un huevo de avestruz o algo así ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. También había, al comenzar esta historia, un trozo de cristal tallado en forma de huevo ypulido con un brillo intenso. Y eso era lo que miraban dos personas que estaban ante el escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra, un joven de negra barba, tez morena y ropas holgadas. El joven moreno hablaba con gestos impacientes y parecía ansioso porque su compañero comprara el artículo.
Mientras estaban en esas, entró en su tienda el señor Cave con restos del pan y lamantequilla del té todavía en la barba. Al ver a estos hombres y el objeto de su consideración se le mudó el semblante. Miró por encima del hombro con aire de culpabilidad y suavemente cerró la puerta. Era un viejecito de rostro pálido y peculiares ojos azules y acuosos. Tenía el pelo de color gris sucio y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas con los talones muygastados. Se quedó observando a los dos hombres mientras hablaban. El clérigo registró a fondo el bolsillo del pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes en una sonrisa de aprobación. El señor Cave pareció todavía más deprimido cuando entraron en la tienda.
El clérigo, sin más rodeos, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave miró con nerviosismo hacia la puerta quedaba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo se quejó, tanto a su compañero como al señor Cave, de que el precio era alto -era, desde luego, muchísimo más de lo que el señor Cave había pensado pedir cuando había puesto el artículo a la venta- y pasó a un intento de regateo. El señor Cave avanzó hasta la puerta de la tienda y la abrió.
-Cinco libras es mi precio -dijo como si desearaahorrarse la molestia de una discusión inútil. Al hacerlo, la parte superior del rostro de una mujer asomó por encima de la cortina del panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y examinó con curiosidad a los dos clientes.
-Cinco libras es mi precio -repitió el señor Cave con voz temblorosa.
El joven de tez morena había permanecido hasta entonces como mero espectador,observando atentamente al señor Cave. Ahora habló.
-Dele cinco libras -dijo.
El clérigo le miró para cerciorarse de que lo decía en serio, y, cuando miró de nuevo al señor Cave, vio que tenía la cara pálida.
-Es mucho dinero -dijo el clérigo, y rebuscando en el bolsillo empezó a contar sus recursos. Tenía poco más de treinta chelines, así que apeló a su compañero, con quien parecía estar entérminos de considerable familiaridad. Esto le dio al señor Cave la oportunidad de ordenar sus ideas y empezó a explicar de manera agitada que, de hecho, el cristal no estaba del todo disponible para la venta. A los dos clientes esto les sorprendió mucho, naturalmente, y preguntaron por qué no lo había dicho antes de empezar a negociar. El señor Cave se turbó, pero se aferró a la historia de que elcristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un probable comprador. Los dos, tomándolo por un intento de subir todavía más el precio, hicieron ademán de salir de la tienda. Pero en ese momento se abrió la puerta de la trastienda y apareció la propietaria del flequillo oscuro y los ojos pequeños.
Era una mujer de facciones toscas, corpulenta, más joven y mucho más gruesa que...
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