El humor y la desgana

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  • Publicado : 28 de enero de 2012
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El humor y la desgana |
por Adolfo Castañón |

Cierta secta sostiene que la carta del menú no debe concluir en el postre ni en el café y, ni siquiera, en el licor digestivo, tampoco en el tabaco plus-café. Sostiene que los buenos albergues y restaurantes y, desde luego, las casas que se atreven a convidar huéspedes, han de contar con instalaciones apropiadas para que los invitados puedancelebrar ahí el manso ritual que, según ellos, ha de coronar todo banquete digno de su nombre.
Me refiero, por supuesto, a la siesta. Como se sabe, este rito se encuentra en decadencia en el mundo llamado moderno, en el que la prisa y el ayuno conspiran con usura contra la salud, pues el paréntesis somnífero que divide la jornada en dos y presta brillos matutinos a la agenda vespertina es, antes quenada, una saludable práctica, una sabrosa medicina para el cuerpo, piscolabis1 para el espíritu que se encuentra al alcance de todos los bolsillos —digo, de todas las almohadas.

En decadencia —me apresuro a señalar— pública, pues el rito continúa practicándose, si no en la clandestinidad, sí en la vida privada, a veces tras las cortinas del periódico abierto de par en par. Hora sagrada entretodas, la de la siesta es intocable tanto para quienes la practican como para quienes los rodean. A esa hora se baja la voz, se suspenden actividades, por un momento se detiene el repique de los platos y cacharros que se lavan.

Comida sin siesta, campana sin badajo

En ciertas regiones de clima bochornoso, la costumbre pasa a ser necesidad y casi se eleva a rango de ley física al grado de que,a cierta hora de la tarde, en los pueblos incandescentes y en las rancherías aplastadas por el sol, el único signo perceptible de vida es la monótona canción de los demonios del medio día, la tonadilla zumbona, el enjambre coral que sólo saben deletrear las moscas.

Por supuesto, la hora sagrada puede reducirse a algunos minutos breves, pero profundos como una noria. Al padre de un amigo lebastaba sorber un poco de fideo y masticar unas cuantas hojas de ensalada para quitarse los calcetines —¡alabado sea el introito!—,2 plantarse la almohada a manera de máscara e iniciar una alegre sonata de ronquidos que se prolongaba durante tanto tiempo como de minutos disponía el litigante abogado.

Otro amigo sólo podía «echarse un cotorrito» —para repetir la voz mexicana— luego de haber chupadoun cigarrillo —de preferencia sin filtro, si se podía Pall-Mall— y llegaba por ese puente de humo al ubicuo altiplano Wherever Particular People Congregate: el sereno, ameno valle de la siesta. Otro, el padre de una amiga, demostraba cotidianamente que el oficio del sopor posmanducatorio3 puede prescindir hasta de la cama, ya que el venerable artesano en cuestión sabía santificar sus pausasalineando cuatro sillas sobre las cuales se entregaba al deporte de no caer mientras dormía.

Aunque, desde luego, pueden bastar unos cuantos minutos para «echar una pestañita» y conciliar así la detente-con-la-productividad; no se puede ocultar que existen también practicantes de la variedad extensa, gladiadores de la pereza que saben engordar la tarde en sueños. Es precisamente a esos atletas de lasábana a quienes deberían dirigirse, en primer lugar, los investigadores acuciados por encontrar un rasgo distintivo en las fantasías oníricas originadas durante el regimen diurno; a ellos, a quienes habría que preguntar si los sueños y ensueños evaporados durante la siesta poseen un carácter específicamente premonitorio, una incontestable condición augural; a ellos, en fin, a quienes tocaráresolver la delicada cuestión de los efectos futuros que pueden tener en el feto las fantasías oníricas de la embarazada que cae en el desmayo de la siesta después de haber ingerido demasiados canelones. Hay que admitir, en todo caso, que entre los practicantes de la variedad extensa, se encuentran también no pocos partidarios de los placeres y olores de la promiscuidad, parejas que no sólo se...
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