El jarron azul

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  • Publicado : 14 de diciembre de 2010
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El Jarrón Azul
Sería difícil de decidir si aquellas espaciosa y bien ubicadas oficinas eran lujosas o simplemente confortables. En lo que no cabria duda es que eran eficientes y albergaban unas de las organizaciones industriales más poderosas y en rápidas expansión de los estados unidos, con filiales bien establecidas tantos en los países europeos como en distantes y remotos del extremo oriente.El cerebro del tan vasto complejo multimillonario se encontraba situado en el quinto piso de aquel sobrio edificio, de líneas arquitectónicas tradicionales marcado con el numero 5 de la calle masón por la que transitaban una diariamente una cuarta parte de todos los vehículos de la ciudad de San Francisco, aparte de los típicos tranvías que permanentemente suben la inclinada colina.

Allí, enaquellas oficinas ejecutivas del quinto piso, todo discurría con calculada calma y planeada eficiencia. Nadie podía aventurarse a decir que allí residía el centro del poder, el nervio vital de la toma de decisiones de aquella intrincada y polifacética red de industrias esparcida a lo largo y ancho del planeta.

La cabeza de aquel imperio empresarial era un hombre alto, erguido, de tez curtida demuchos climas, mirada inquisitiva y vivaz que apenas se ocultaba en una pequeña antiparras montadas al aire. Su edad podía colocarse más en los sesenta del medio siglo, pues reinaba una cabellera plateada, en un bien troquelado cráneo que podría observarse mejor por las grandes entradas que ya mostraba.

Thomas Townsend, presidente y jefe ejecutivo de la corporación se encontraba en aquellatarde hojeando cuidadosamente una serie de expedientes. Lo hacía con prolijidad y atención como si de ello dependiera el porvenir de la empresa. Así era en efecto. El señor townsend, accionista principal de aquel emporio quería retirarse poco a poco, pero antes quería entrenar a quien lo habría de reemplazar. La tarea era harto difícil pues no teniendo herederos, debería dejar a su sucesor, despuésque destinare a perpetuar su fundación y varias obras sociales, una buena parte de aquella respetable fortuna.

Ya había hacho varios ensayos con varios de los ejecutivos actuales de la empresa, pero sin resultados dramáticos. Todos eran honestos, abnegados y discretos…pero les faltaba algo. O bien habían llegado junto con el ¨ jefe en una provecta edad o bien la especialización en que había caídoles impedía tener la visión de conjunto, o carecían de ese don de emprender, de crear con el que nacen algunos predestinados. Así pues, sin desatender sus complejas funciones, se ocupaba desde hacia tiempo en inventar formulas y pruebas para seleccionar a su sucesor.

Ahora revisaba solicitudes provenientes de unas de esa exclusivas compañías que se ocupan de reclutar y seleccionar personalejecutivos de los más alto niveles. No era la primera vez que pasaba revista a este tipo de solicitudes en que los sueldos anuales se cuentan a partir de las seis cifras en dólares. Varias veces había estudiado el expediente de un tal Peter Elliot, de Oakland. Su currículo vitae era impecable, y su carrera en la industria había ido de constante asenso. Debería tener ahora 35 años intensamentevividos. Su altura era mediana, vestía elegantemente y sus modales eran rápidos, pero educados. En su tez blanca, resaltaban unos soberbios bigotes pelirrojos.

Después de haber terminado su maestría en administración de negocios en la universidad de Stanford, Elliot había hecho un pos-grado en la renombrada london school of economics, que finalmente le había otorgado su bien merecido doctorado.Desde entonces había entrado en los negocios, primero en la pequeña industria familiar y luego, en continua promoción a empresas de mayor aliento, hasta ocupar en ese momento la no despreciable posición de Gerente General de la Detroit Gear Works para toda la costa oeste de los estados unidos. Peter Elliot, casado y con dos pequeños hijos, parecía que ya había enrumbado su vida dentro de esa...
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