El laberinto de la soledad

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  • Publicado : 14 de febrero de 2010
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Nadie en México, salvo Octavio Paz, había visto en la palabra soledad un rasgo constitutivo, esencial digamos, del país y sus hombres, de su cultura y su historia. México —su identidad, su papel en el mundo, su destino— ha sido, desde la Revolución, una idea fija para los mexicanos. México como lugar histórico de un encuentro complejo, trágico, creativo de civilizaciones radicalmente ajenas; comoel sitio de una promesa incumplida de armonía social, avance material o libertad; como tierra condenada por los dioses o elegida por la Virgen; como una sociedad maniatada por sus complejos de inferioridad: todo eso y mucho más, pero no un pueblo en estado de soledad. Y bien visto, el título mismo del libro de Paz —ese espejo en el que tantos nos hemos mirado— es en verdad extraño. A simplevista, comparado con un norteamericano típico, el mexicano de todas las latitudes y épocas, incluso el heredero del "pachuco" en los Estados Unidos, es un ser particularmente gregario, un "nosotros" antes que un "yo", no un átomo sino una constelación: el pueblo, la comunidad, la vecindad, la cofradía, el compadrazgo y, sobre todo, deslavada pero sólida como las masas montañosas, la familia. Nada másremoto al mexicano común y corriente que la desolación de los cuadros de Hopper. Nuestra imagen fiel, hoy como hace siglos, está más cerca de un domingo en la Alameda.
El zapatismo era su misión. Sería un letrado, un representante diplomático, un cronista y, con los años, un biógrafo de Zapata. Mientras tanto, la casona de campo del abuelo, don Ireneo Paz —el "Papá Neo"—, en Mixcoac, seiría despoblando de presencias y poblando de retratos, "crepusculares cofradías de los ausentes":
Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías:
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran más que los vivos.
El primerencuentro real de aquel niño adulto con el padre niño ocurrió en el exilio, en Los Ángeles. Nuevo rostro de la soledad, la soledad como extrañeza en un país y un idioma ajenos. De vuelta a México, inscrito en colegios confesionales y laicos de Mixcoac, otra vuelta a la tuerca de la extrañeza. Por su aspecto físico, los otros niños lo confundían con extranjero: "yo me sentía mexicano pero ellos no medejaban serlo". El propio Antonio Díaz Soto y Gama, protagonista intelectual del zapatismo y compañero entrañable de su padre, exclamó al verlo: "Caramba, no me habías dicho que tenías un hijo visigodo". Todos menos él se rieron de la ocurrencia. La extrañeza, con todo, no dejaba de tener sus compensaciones: una hermosa joven judía —me contó Paz alguna vez— lo dejó acercarse amorosamente porque"era distinto". Y las "pilastras paralelas" de su madre Josefina y su tía Amalia lo proveyeron de un afecto solar de hijo único y animaron sus primeras incursiones poéticas. Pero la muerte, casi sin agonía, del "que se fue en unas horas/ y nadie sabe en qué silenció entró", su abuelo de 88 años, debió ahondar la cavidad solitaria. Desde ese año de 1924 no quedarían sino recuerdos: las caminatas conél por la ciudad, las inocentes labores de cultivo en la casa, las clases de esgrima, anécdotas de sus andanzas en la Reforma y la Intervención, sus "chaquetas de terciopelo oscuro suntuosamente bordadas", estampas que permanecerían siempre (como aquellas que hojeaba en Doré o en los libros de historia francesa que heredó) ligadas todas a esa silueta estoica del abuelo a la que, misteriosamente, supropio rostro se fue aproximando en la vejez.
Pero la raíz de la soledad era tal vez otra, tan íntima y cercana que era difícil mirarla: su relación o, más bien, los impedimentos de su relación con su padre. Hacia 1986, en una conversación incidental recogida por Felipe Gálvez, biógrafo de Paz Solórzano, el poeta reveló cosas apenas entrevistas en sus testimonios publicados:
Casi me...
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