El largo adios

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vigilar; si Sylvia llega a verse envuelta en algún escándalo mayúsculo, la hará pedazos y luego los enterrará a miles de millas de distancia unos de otros.

—Usted es su marido.

Levantó el vaso vacío y lo golpeó con fuerza sobre el borde de la mesa; lo hizo añicos. El mozo le clavó la vista, pero no dijo nada.

—Así nomás, compañero, así nomás. ¡Oh! Claro que soy su marido. Eso es lo quedice el registro, pero en realidad no peso más que los tres escalones blancos y la gran puerta de color verde y el llamador de bronce con el que se da un golpe largo y dos cortos en la puerta y la criada que lo deja entrar a uno en el prostíbulo de cien dólares.

Me puse de pie y dejé caer unas monedas en la mesa.

—Usted habla demasiado —le dije—, y demasiado de sus cosas. Hasta pronto.

Medirigí hacia la salida dejándolo allí sentado; pare cía ofendido y se había puesto pálido, al menos es lo que creí ver con la clase de luz tan tenue que tienen esos bares. Me gritó algo mientras me alejaba, pero yo seguí andando.

Diez minutos después lamenté haberlo hecho, pero ya estaba en otro lugar. No volvió más a mi oficina, ni una sola vez. Le había tocado donde dolía.

Durante un mesno lo volví a ver. Cuando lo hice eran las cinco de la mañana y apenas empezaba a clarear. La llamada persistente del timbre de la puerta me sacó de la cama. Atravesé a tientas el vestíbulo y el living y abrí la puerta. Allí estaba de pie, con el aspecto de quien no ha dormido durante una semana. Llevaba un sobretodo liviano con el cuello levantado y me pareció que tiritaba. Tenía un sombrero defieltro oscuro echado sobre los ojos.

En la mano llevaba una pistola.


CAPÍTULO V

No me apuntaba con la pistola, simplemente la empuñaba en la mano. Era un arma automática de calibre mediano, de fabricación extranjera, con seguridad no era ni Colt ni Savage. Con su pálida cara llena de cicatrices, el cuello levantado, el sombrero hundido y la pistola, parecía recién salido de una películade gángsters.

—Me llevará a Tijuana para que alcance el avión de las diez y cuarto —dijo—. Tengo el pasaporte y el visado y todo arreglado excepto la cuestión transporte. Por ciertas razones no puedo tomar el tren o el ómnibus o el avión desde Los Angeles. ¿Le parece que quinientos dólares es un precio razonable por un viaje en taxi?

Permanecí en la puerta y no me moví para dejarlo entrar.—¿Quinientos, más la pistola? —pregunté.

La miró en forma un tanto distraída y después se la metió en el bolsillo.

—Podría ser una protección —dijo—. Para usted, no para mí.

—Entonces, entre.

Me aparté a un lado para dejarlo pasar; parecía exhausto y se dejó caer en una silla. El living estaba todavía oscuro debido a los tupidos arbustos que la propietaria había dejado crecer y quecubrían las ventanas. Encendí una lámpara, saqué un cigarrillo y lo encendí. Lo miré fija mente, me despeiné el pelo que ya estaba bastante alborotado, y adopté mi vieja expresión burlona.

—¿Qué diablos me pasa?… ¡Malgastar el tiempo durmiendo en una mañana tan encantadora! ¿Conque a las diez y cuarto? Bueno, tenemos mucho tiempo. Vamos a la cocina y prepararé un poco de café.

—Estoy en unbuen lío, amiguito. —”Amiguito”; era la primera vez que me llamaba así, pero en cierto sentido esa palabra concordaba con la forma en que había entrado con la manera de vestir, con la pistola y todo lo demás.

—Va a ser un día precioso. Corre una ligera brisa. Se puede oír el susurro de los viejos eucaliptos que están en la vereda de enfrente murmurando entre sí. Hablan de los viejos tiempos, enAustralia, cuando los canguros saltaban bajo las ramas y los koala caminaban trepados unos al lomo de los otros. Sí, tenía la impresión de que usted estaría metido en el lío. Pero hablaremos de eso cuando haya tomado un par de tazas de café. Siempre estoy un poco aturdido cuando acabo de levantarme. Conferenciemos con Mr. Huggins y Mr. Young.

—Oiga, Marlowe, no es el momento de…

—No tema,...
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