El lector

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Bernhard Schlink

El lector

Traducción de Joan Parra Contreras

EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA

Título de la edición original:
Der Vorleser
© Diogenes Verlag
Zurich, 1995

Diseño de la colección:
Julio Vivas
Ilustración de Ángel Jové

Primera edición en «Panorama de narrativas»: septiembre 1997
Primera edición en «Compactos»: septiembre 2000
Sextaedición en «Compactos»: Febrero 2004
Primera edición impresa en Argentina: agosto 2003
Segunda edición impresa en Argentina: noviembre 2003
Tercera edición impresa en Argentina: marzo 2004
Cuarta edición impresa en Argentina: agosto 2004

© EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2000
Pedro de la Creu, 58
08034 Barcelona

ISBN: 84-339-6666-9 Depósito Legal: B. 37542-2002

La presente edición hasido realizada por convenio con Riverside Agency S.A.C.

Impreso en Argentina

Artes Gráficas Delsur S.H., Almirante Solier 2450, (1870) Avellaneda, Buenos Aires

Primera parte
1

A los quince años tuve hepatitis. La enfermedad em­pezó en otoño y acabó en primavera. Cuanto más fríos y oscuros se hacían los días, más débil me encontraba. Pero con el añonuevo las cosas cambiaron. El mes de enero fue templado, hasta el punto de que mi madre me instaló la cama en el balcón. Veía el cielo, el sol y las nu­bes, y oía a los niños jugar en el patio. Una tarde de fe­brero oí cantar un mirlo.
Vivíamos en el segundo piso de una espaciosa casa de finales del siglo pasado, en la Blumenstrasse. La primera vez que salí después de la enfermedad fue paradirigirme a la Bahnhofstrasse. Fue allí donde, un lunes de octubre, volviendo del colegio a casa, me puse a vomitar. Ya hacía días que me sentía débil, más débil que nunca en mi vida. Cada paso me costaba esfuerzo. Cuando subía esca­leras en casa o en el colegio, las piernas casi no me soste­nían. Tampoco tenía ganas de comer. A veces me sentaba a la mesa con apetito, pero enseguida me vencía el ascoa la comida. Por la mañana me levantaba con la boca seca y la sensación de que mis órganos internos pesaban más de lo normal y estaban fuera de su lugar habitual en el cuerpo. Me avergonzaba de sentirme tan débil. Y me avergoncé especialmente cuando vomité. Eso tampoco me había pasado nunca en la vida. De repente, la boca se me llenó de vómito; intenté tragar, apreté los labios y me tapé la bocacon la mano, pero el vómito se me salió a través de los dedos. Luego me apoyé en una pared, miré el charco de vómito y arrojé una papilla clara.
Una mujer acudió en mi ayuda, casi con rudeza. Me cogió del brazo y me condujo hasta un patio, a través de un oscuro pasillo. Arriba había tendederos colgados de ventana a ventana, con ropa tendida. En el patio había madera almacenada; en un taller conla puerta abierta chirriaba una sierra y volaban virutas. Junto a la puerta del patio había un grifo. La mujer lo abrió, me lavó la mano sucia y luego ahuecó las manos, recogió agua y me la echó en la cara. Me sequé con un pañuelo.
—¡Coge el otro!
Junto al grifo había dos cubos; ella cogió uno y lo lle­nó. Yo cogí y llené el otro y la seguí por el pasillo. La mu­jer tomó impulso, y el aguacayó sobre la acera y arrastró el vómito por encima del bordillo. Luego me quitó el cubo de las manos y arrojó otra oleada de agua sobre la acera.
Al incorporarse me vio llorar. «Ay, chiquillo, chiqui­llo», dijo sorprendida. Me abrazó. Yo era apenas un poco más alto que ella, sentí sus pechos contra mi pecho, olí en la estrechez del abrazo mi aliento fétido y su sudor fresco y no supe qué hacer conlos brazos. Dejé de llorar.
Me preguntó dónde vivía, dejó los cubos en el pasillo y me acompañó a casa. Caminaba a mi lado, con mi ma­cuto en una mano y mi mano en la otra. La Bahnhofstrasse está cerca de la Blumenstrasse. La mujer andaba deprisa, y tan decididamente que yo la seguía sin titu­bear. Se despidió delante de mi casa.
Aquel mismo día, mi madre llamó al médico, que me diagnosticó...
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