El lobo hombre biris virian

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  • Publicado : 5 de septiembre de 2010
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EL LOBO-HOMBRE
Boris Vian

EL LOBO-HOMBRE
En el Bois des Fausses-Reposes1, al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de
negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo
se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d'Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la
que un aguacero extiende, de vezen cuando, el oliváceo reflejo de los árboles majestuosos. También le
gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados
en su lucha con el enredo de las cintas elásticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo
esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por
el éxito,y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era
pasada, como suele decirse, por la piedra. Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se
alimentaba de hierba y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones
escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camión amarillode la
Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la
inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago.
Denis vivia en buenas relaciones con sus vecinos, pues éstos, dada su discreción, ignoraban incluso
que existiese. Moraba en una pequeña caverna excavada, muchos años atrás, por un desesperado
buscadorde oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a
encontrar jamás el «cesto de las naranjas» (cito a Louis Boussenard)2, había decidido acabar sus días en
clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como maníacas. En dicha
cueva Denis se acondicionó una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornó conruedas,
tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran
el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con
el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera
sostenían la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama laconformaban los asientos de
cuero de un antiguo Amilcar que se enamoró, al pasar, de un opulento y robusto plátano; y sendos
neumáticos constituían marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El
conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos más triviales reunidos, en otros tiempos, por el
buscador.
Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba conparsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna
llena recortaba las hojas como encaje de sombras. Al quedar expuestos a la luz, los ojos de Denis
cobraban los tenues reflejos rubíes del vino de Arbois. Aproximábase ya al roble que constituía el término
ordinario de su andadura, cuando la fatalidad hizo cruzarse en su camino al Mago del Siam3, cuyo
verdadero nombre se escribía Etienne Pample, ya la diminuta Lisette Cachou, morena camarera del
restaurante Groneil arrastrada por el mago con algún pretexto ingenioso a las Fausses-Reposes. Lisette
estrenaba un corsé Obsesión último diseño, cuya destrucción acababa de costar seis horas al Mago del
Siam, y era a tal circunstancia, a la que Denis debía agradecer tan tardío encuentro.
Por desgracia para este último, la situación era enextremo desfavorable. Medianoche en punto; el
Mago del Siam con los nervios de punta; y, dándose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el
licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía
o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido
por la aparición de Denis que, sin...
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