El maullido del gato

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  • Publicado : 27 de agosto de 2012
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“EL MAULLIDO DEL GATO”
 
  
Llueve. Una lluvia torrencial cae por el tejado de chapa empapando a los gatos que maúllan al anochecer. La luna tiembla desapareciendo tras una estela tormentosa y el cielo despide un negro violento y racheado. Una negrura que avanza desde una bóveda infinita y nos aplana el pensamiento adormecido entre las sábanas. Las nubes son invisibles porque se ocultan en lanoche mientras viajan sigilosas acechando los pasos del agua. 
Siempre me ha estremecido escuchar a los felinos rodando por tubos y anaqueles de zinc mientras retozan entre maullidos semejantes a los de un bebé solicitando atención, y fieras luctuosas del lado oscuro de nuestra conciencia. Este detalle ha marcado mi existencia, y a veces sigo escuchando a los gatos en mi duermevela cuando abrolos ojos en la oscuridad de mi cuarto, y los veo en mi imaginación, gimiendo y aullando como amantes empleados en una carrera de arañazos y placer. Los gatos son tan fieles a sí mismos que no sobreviven si están domesticados. Eso decía mi abuelo mientras liaba su cigarro de picadura y tomaba café negro en la huerta. Un café fuerte que lo mantenía delgado y enjuto como un hombre de campo sin otraaspiración que llegar a casa con las espuertas repletas de fruta y hortalizas. 
-Niña, pon la comida y llévate a Mateo al establo.- Y mi abuela asentía con la cabeza cogiendo al burro por el ronzal. Su hermano Juan le traía todas las semanas una caja de pescado y juntos lo entregaban al guarda de la prisión. El trajín de la cárcel era inevitable si querían que no le sucediera nada malo a su padre,prisionero por un delito político. 
Sigue la lluvia con su quehacer natural y las hormigas se refugian hasta la primavera. Las pequeñas hormigas que penetran por la ventana y forman un reguero puntilloso rodeando la habitación. En la penumbra de la estancia oigo una extraña letanía que me despierta sobresaltada y el aire restalla inquieto cuando amanece para coger los libros del instituto. Hastaque descubro que he crecido y los peldaños del recuerdo palpitan todavía en una piel temerosa de insectos que pueblan mi casa en las afueras de la ciudad. 
 
El edificio surge entre la bruma rodeado por palmeras y una gran puerta de hierro forjado dando paso a los estudiantes. Una escalinata de caracol descubre un acceso para el profesorado accediéndose a ella a través de un pequeño jardín. Sóloalgunos despistados con el horario rehúyen formar cola con los demás alumnos y se cuelan por la entrada prohibida procurando que nadie se percate del retraso. Lidia corre entre tímida y presurosa olvidándose del portón principal para entrar rápidamente en el piso de arriba. Sube los escalones sin resuello y vuelve la cabeza para no saludar a los profesores que contemplan el patio al toque decampana.
-Buenos días- balbucea, cuando se cruza con un profesor vestido de negro y un alzacuellos resaltando su piel morena. Éste le sonríe y se da media vuelta para contemplarla. La corpulencia del hombre junto a una rudeza inusual en un cura intimida a la muchacha. La cabeza es una pirámide invertida y sus ojos grandes no pestañean siquiera cuando siguen la estela juvenil con un regocijo que nopasa desapercibido. El escaso pelo lo disimula con brillantina fijándose al cuero cabelludo, y unas gafas de concha encuadran una cara rasurada y tosca donde se asoman unos ojos inteligentes y profundos.  
Lidia caminó con paso rápido hacia el aula. Estudiaba en Marruecos en un Instituto de curas y las clases estaban numeradas por disciplinas distribuidas en cartelitos que colgaban de la puerta deentrada. Así, en la hora de latín, la puerta mostraba el cartel correspondiente y el profesor que impartía la asignatura. El sacerdote siguió a la muchacha curioso por haber correspondido a su sonrisa. Daba largas zancadas y pronto se puso a su altura.
-¿Entras en matemáticas?- preguntó
-Sí-, respondió la muchacha, sacudiéndose la melena graciosamente.
Lidia era alta y espigada con la...
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