El medico

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El Médico NOAH GORDON
Primera de la trilogía de la familia Cole

Con mi amor para Nina, que me dio a Lorraine

Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre
Eclesiastés 12:13

Te alabaré porque formidables, maravillosas son tus obras.
Salmos 139:14

En cuanto a los muertos, Dios los despertará.
Corán, S. 6:36

Los que están sanos no tienen necesidad demédico, sino los enfermos.
Mateo 9:12

PRIMERA PARTE

EL AYUDANTE DEL BARBERO

EL DIABLO EN LONDRES

Aunque en su ignorancia Rob J. consideraba un inconveniente verse obligado a permanecer junto a la casa paterna en compañía de sus hermanos y su hermana, esos serían sus últimos instantes seguros de bienaventurada inocencia. Recién entrada la primavera, el sol estaba lo bastante bajo paracolar tibios lengüetazos por los aleros del techo de paja, y Rob J. se tumbó en el pórtico de piedra basta de la puerta principal para gozar de su calor. Una mujer se abría paso sobre la superficie irregular de la calle de los Carpinteros. La vía pública necesitaba reparaciones, al igual que la mayoría de las pequeñas casas de los obreros, descuidadamente levantadas por artesanos especializados queganaban su sustento erigiendo sólidas moradas para los más ricos y afortunados. Estaba desgranando una cesta de frescos guisantes, e intentaba no perder de vista a los más pequeños, que quedaban a su cargo cuando mamá salía. William Steward, de seis, y Anne Mary, de cuatro, cavaban en el barro a un lado de la casa y jugaban juegos secretos y risueños. Jonathan Carter, de dieciocho meses, acostadosobre una piel de cordero, ya había comido sus papillas y eructado, y gorjeaba satisfecho. Samuel Edward, de siete años, había dado el esquinazo a Rob J. El astuto Samuel siempre se las ingeniaba para esfumarse en lugar de compartir el trabajo, y Rob, colérico, estaba pendiente de su regreso. Abría las legumbres de una en una, y con el pulgar arrancaba los guisantes de la cerosa vaina tal comohacía mamá, sin detenerse al ver que una mujer se acercaba a él en línea recta. Las ballenas de su corpiño manchado le alzaban el busto de modo que a veces, cuando se movía, se entreveía un pezón pintado, y su rostro carnoso llamaba la atención por la cantidad de potingues que llevaba. Aunque Rob J. sólo tenía nueve años, como niño londinense sabía distinguir a una ramera. —Ya hemos llegado. ¿Esesta la casa de Nathanael Cole? Rob J. la observó con rencor porque no era la primera vez que las furcias llamaban a la puerta en busca de su padre. —¿Quién quiere saberlo? —preguntó bruscamente, contento de que su padre hubiera salido a buscar trabajo y la fulana no lo encontrara; contento de que su madre hubiera salido a entregar bordados y se evitara esa vergüenza. —Lo necesita su esposa, que meha enviado. —¿Qué quiere decir con que lo necesita? Las manos jóvenes y habilidosas dejaron de desgranar guisantes. La prostituta lo observó con frialdad, ya que en su tono y en sus modales había captado la opinión que de ella tenía. —¿Es tu madre? —Rob J. asintió—. El parto le ha sentado mal. Está en los establos de Egglestan, cerca del muelle de los Charcos. Será mejor que busques a tu padre y selo digas —añadió la mujer, y se fue. El chico miró desesperado a su alrededor. —¡Samuel! —gritó, pero, como de costumbre, no se sabía dónde estaba el condenado Samuel, así que Rob recogió a William y a Anne Mary—. Willum, cuida de los pequeños — dijo, abandonó la casa y echó a correr. Aquellos en cuya cháchara se podía confiar decían que el Año del Señor de 1021, año del octavo embarazo de AgnesCole, pertenecía a Satán. Se había caracterizado por calamidades para el pueblo y monstruosidades de la naturaleza. El pasado otoño la cosecha

se había marchitado en los campos a causa de las fuertes escarchas que congelaron los ríos. Hubo lluvias como nunca y, debido al rápido deshielo, el Támesis se desbordó y arrastró puentes y hogares. Cayeron estrellas que iluminaron los ventosos...
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