El moto

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Era desamparado por entonces un barrio de gamonales en su mayor parte, vecindario escaso repartido en unos cuantos caserones sembrados sin orden aquí o allá. Calles tiradas a cordel únicamente tenia las que formaban el cuadrante de una ermita sucia de forro, con las paredes sin encalar; por lo demás, una red de veredas al través de potreros y cercados le servía de comunicación con los puebloslimítrofes de patarra, las cañas (hoy San Juan de Dios) , Palo Grande (San Rafael actual) y un camino extenso conducía al viajero a la bacina aldea de San Antonio.
Por obra y gracia de algunos y de común acuerdo con el venerable Cabildo Eclesiástico de San José, el barrio había echado en olvido su primitivo nombre de Dos cercas, para ponerse bajo el patronato de la virgen de los desamparados, la cualvivía a la sazón sin perifollos en la vestidura en el santuario dicho y ocupaba un altar, sin mas adorno que la flores llevada por sus feligreses.

Nada desamparados anduvieron, por cierto, nuestros abuelos: los maizales y frijolares se iban arriba con un vicio que hoy se pagaría por verlo-como dicen añejo restos de aquellas generaciones -; los ganados se criaban retozones en los potreros yanualmente la trojes se llenaban de bote en bote.
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La posición topográfica del barrio, magnifica e todo punto: situado a no larga distancia de las montañas que por e sur y el Este lo rodean, por aquellos días ostentando el lejo e los bosques y hoy desfiguradas por el tijereteo de los cañadulzales, los narcos que señalan la división de potreros ybienes, y por las abras y zocolas; sin riesgo de que un viento se viniese revoltoso barriendo habitaciones y sembrando, ni de que un rio se botara afuera y de un sorbo se tragase cuanto había.
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Ítem más. La sociedad un tanto patriarcal de aquellas gentes, sujetas las voluntades a la del cura don Y anuario reyes; por hombres de pro, el señorcuartelero -el juez de paz de antaño con las prerrogativas de hogaño- ; señorón y medio lo era el maestro de escuela don frutos y no menos encogollados lo fueron, tanto por su posición holgada, cuanto por el temple de carácter, tres o cuatro ricachos campesinos.
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Uno de los cuales era don soledad guilles. Su casa, de techumbre empotrada sobre retorcidohorconaje y paredes de un relleno macizo de adobes, hallábase situada en un altozano y a poco pasos de los ríos damas y Tiribi.

La tarde en que esta historia comienza, vísperas de la concepción por mas señas, era de harto trajín para los habitantes del barrio, pues una costumbre inmemorial los traía en carreras.
La luminaria de don soledad era de lo más concurrido. Vistoso panorama ofrecía sucasa, visitada por un sinnúmero de campesinos, enamorados hasta el tuétano y atraídos por los mozas que afluían por la tranquera de entrada, guapetonas ellas, cual mas, cual menos airosa, cargado a los cuadriles hojas secas de plátano.

Ínterin, los laberintos, trayendo también su acopio de hojas de caña, aprovechaban las horitas muertas, robadas de cuando en cuando a sus labores diarias, parapescar, ya de un modo ya de otro, un meneo de cabeza, de eso que las novias saben dar tan bien y con esto un relampagueo de pasión.
Don soledad se descoyuntaba en cumplidos con los señores de mas copete, sentados en aquel momento en los toscos escaños del corredor, observando el animado bullicio de la muchacha – según decía el maestro don frutos- a quien con sus asomos de regocijo, los ojos se leiban detrás de los rústicos y mozuelas, discípulos de oros años y a los cuales quería como hijos.

La luminaria empezó por fin: los jóvenes de ambos sexos puestos en cuclillas ambos lados de una vara y con el brío de los dieciocho veranos, amarraban con presteza rollitos de hojas, cruzándose a medias cuartetos almibarados.
De entre aquel puñado de cabeza, salía de rato en rato una carajada...
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