El origen del mundo

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El Retrato Misterioso (adaptación)

En la pequeña aldea japonesa de Yakushi era el espejo cosa aún desconocida, a tal punto que las muchachas ignoraban cómo eran sus caras, salvo por las descripciones que de ellas hacían sus respectivos novios al elogiar su belleza.
Cierto día, un joven japonés halló en la calle un espejo de bolsillo. Como era la primera vez que veía tal objeto, se asombróde ver en él la imagen de un rostro moreno con ojos oscuros e inteligentes.
- ¡Es mi santo padre! ¿Cómo puede este retrato encontrarse aquí? ¿Será tal vez algún aviso?
Guardó en un pañuelo el objeto hallado y lo ocultó en un bolsillo. Al llegar a su casa, lo escondió en un jarrón por parecerle un lugar seguro, sin decir nada a su esposa. Desconfiaba de la curiosidad femenina y, al mismo tiempo,de la poca reserva que suelen tener las mujeres.
Durante algunos días Umaro estuvo pensando continuamente en el retrato. A veces abandonaba su trabajo y se presentaba de improviso en su casa, ávido de contemplar su tesoro. Pero en el Japón, como en todas partes, las acciones misteriosas deben explicarse a su esposa. Mitsuko no llegaba a comprender el porqué de aquellas inesperadas apariciones desu esposo, y se decidió a vigilarlo. No tardó en advertir que su esposo no abandonaba nunca la casa sin haber permanecido un rato solo en la última habitación de la parte posterior.
Buscó y escudriñó en la mencionada habitación sin hallar rastro de nada, hasta que un día, al entrar a ella, observó que su marido colocaba precipitadamente en su sitio un jarrón lleno de rosas. Momentos después queél abandonara la casa, su esposa buscó en el jarrón hasta dar con el espejo, y entonces la terrible verdad apareció ante sus ojos. ¿Qué vio ella en el espejo? ¡El retrato de una preciosa mujer! ¡Ella, que siempre había confiado en el cariño y la lealtad de su esposo!
Llena de rabia, volvió a mirar el espejo, asombrándose de que su marido admirara una cara tan mal agestada.
Sin ánimo para nada,no se ocupó de prepararle la comida a su esposo y, éste, al llegar a su casa quedó atónito ante tal abandono.
- ¿Es ese el modo de tratarme al año de matrimonio? – dijo indignado a su esposa.
- Lo mismo puedo preguntarte a ti – replicó ella-: ¿es ese el modo en que me tratas?
- ¿Qué quieres decir?
- Que guardas retratos de mujer en mi jarrón de rosas. ¡Aquí está! Tómalo, pues yo no lo quieropara nada. ¡Oh, la mala mujer!
- ¡No comprendo! – exclamó él.
Tampoco lo comprendo yo – exclamó ella -. ¿Cómo puedes querer a esta fea mujer más que a tu propia esposa?
- Mitsuko, ¿que estás diciendo? Este retrato es la viva imagen de mi difunto padre; lo encontré el otro día en la calle y para mayor seguridad lo guardé en el jarrón de rosas.
- ¿Me supones incapaz de distinguir la cara de unhombre de la de una mujer? – contestó con indignación Mitsuko.
La disputa adquirió caracteres serios; ella creyó ver destruida su felicidad por aquel misterioso retrato, mientras que Umaro encontraba perfectamente ridícula la acusación de su esposa, pues según él ese retrato no era de una mujer, sino el de su propio padre: no cabía duda.
Las airadas palabras intercambiadas por los espososllamaron la atención de un sacerdote que pasaba ante la casa. El buen hombre se detuvo y escuchó durante un momento: “No debe continuar semejante altercado”, pensó el sacerdote, “pues probablemente lo ha suscitado algún motivo sin importancia”.
- Hijos míos – dijo asomando la cabeza por la puerta - , ¿por qué disputáis de ese modo?
- Padre, ¡mi mujer se ha vuelto loca!
- Mi marido tenía oculto en mijarrón de flores el retrato de una mujer.
- Juro que no tengo más retrato que el de mi difunto padre.
- Enseñadme el retrato – dijo el sacerdote.
Y una vez que lo hubo recibido y contemplado, se inclinó respetuosamente ante él y con voz
emocionada dijo:
- Es el retrato de un venerable sacerdote. No comprendo como habéis de equivocaros al contemplar
esa cara que resplandece santidad.
Los...
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