El perfume

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  • Publicado : 7 de septiembre de 2010
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Nos hallamos en la Francia monárquica del final del Antiguo Régimen, momento crucial para el mundo manufacturero, y desde luego de la perfumería. La situación de los gremios se volvía difícil en el marco de un liberalismo que se afirmaba en la escena económica y política. El tiempo de la salvaguarda royal parecía ya pertenecer al pasado. Los discípulos de Colbert, que había sido el representantemás notorio de la política intervencionista del régimen mercantilista del siglo XVII y para quien las compañías de comercio “eran las armadas del rey y las manufacturas de Francia sus reservas”, también desvanecían, devorados por la nueva ola económica. Mientras que el ministro había tratado – aunque por razones fiscales – de confinar el cuerpo artesanal y manufacturero en gremios, los defensoresdel orden naciente del final del siglo XVII contestaban con fervor el proteccionismo, que favorecía a los gremios y corporaciones. Los liberales, cuyos principios recibían la bendición de los filósofos ilustrados, rechazaban categóricamente la planificación productiva y comercial por parte del Estado. Planteaban la libertad de mercado, de los precios, en otros términos, una política de“laissez-faire” desenfrenada. Bajo su presión, los obstáculos al libre comercio disminuían y los códigos de fabricación se suavizaban. Esas posiciones hacían peligrar decisivamente la existencia de las corporaciones y los gremios, los cuales estaban ligados por un código de conducta y de producción que procuraba defender el orden y los intereses públicos[2]. La filosofía gremial y el cierto sentido desolidaridad que engendraba se oponían a los intereses de los liberales, que denunciaban la tendencia “monopolista” de los gremios y su rigidez en cuanto a la admisión de nuevos miembros[3]. Siempre más se estaba edificando la idea según la cual las corporaciones representaban un estorbo a la libertad individual[4].
Paralelamente a la liberalización del mercado y el establecimiento de un capitalismocomercial y financiero, se afirmaba a nivel nacional el poder de la burguesía, pilar del nuevo orden. Esperando poder un día derrocar a la nobleza, los burgueses anhelaban momentáneamente usufructuar de las mismas prerrogativas que su rival. Mientras tanto, conquistaban su espacio en la sociedad al reforzar su imagen a través de la adquisición, entre otros, de productos de lujo. Al igual que lasespecias[5], que integraban la línea de los productos exquisitos, los perfumes gozaban de un alto prestigio. Fiel a la tradición según la cual la moda venía de la esfera real, Louis XV impuso a la gente de su entorno la obligación de cambiar de fragancia cada día, lo que le valió a la Corte el calificativo de “Corte perfumada”. Los maestros de la perfumería, llamados “guanteros-perfumistas” queoperaban en el marco de las corporaciones, se alegraban de proveer guantes perfumados, cremas, sales, bálsamos, velas y popurrís que aromatizaban la atmósfera, a la Corte real, la aristocracia, los ricos y nuevos ricos, y de poder responder a la demanda creciente. Por otro lado, la generalización del uso de los aromas y la consecuente masificación de su producción empujaban y debilitaban siempre más lasbarreras proteccionistas de las corporaciones constantemente asediadas por los partidarios de la libre empresa. Difícilmente la manufactura de la perfumería podía escapar a la nueva ola de liberación del comercio y de las normas de fabricación. Con la apertura progresiva de la profesión hacia todos, el misterioso y mágico oficio de la perfumería, practicado hasta entonces en el recinto casiimpenetrable de los gremios, empezaba a sufrir un proceso de desacralización y de vulgarización.
Es en este universo que nos sumerge la novela “El perfume. Historia de un asesino”, que se nos presenta como una caja de Pandora. Cada página que abrimos nos destapa un espacio que expele, sin cesar, hedores y fragancias. No son olores volátiles, que desvanecen después de habernos, unas veces,...
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