El pilluelo de montreal

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también es encantadora. Estoy segura de que tienes una vida encantadora... aunque a mí no
me guste. Cierra con suavidad la puerta detrás de mí.
Se desprendió bruscamente de los cariñosos abrazosde su amiga, se subió a una
canoa, cortó amarras, y unos momentos más tarde estaba en el medio del río, con una
inmensa luna real arriba y una inmensa luna que se reflejaba abajo, muy muy abajo,en el
río. El aire era fresco y puro y a medida que se acercaba a la ribera más distante, oyó el
ulular de un búho. “Ah, eso ya está mejor!”, pensó Aravis. Había vivido siempre en el
campo yhabía detestado cada minuto que pasó en Tashbaan.
Cuando pisó tierra, se encontró rodeada de oscuridad debido a que la elevación del
terreno y los árboles tapaban la luz de la luna. Pero se ingeniópara encontrar el mismo
camino que Shasta había encontrado, y, al igual que él, llegó precisamente al lugar donde se
terminaba el pasto y comenzaba la arena, y miró (como él) a su izquierda y violas grandes y
negras Tumbas. Y ahora por fin, a pesar de ser una niña tan valiente, su corazón se
acobardó. ¡Supongamos que los otros no estén allí! ¡Supongamos que estén los demonios!
Peroechó hacia adelante el mentón (y sacó un poquito la lengua) y caminó derecho hacia
ellas.
Pero antes de llegar, vio a Bri y a Juin y al mozo.
—Ya puedes regresar donde tu ama —dijo Aravis (olvidandopor completo que él no
podría hacerlo hasta que se abrieran las puertas de la ciudad a la mañana siguiente)—. Aquí
tienes dinero por tus molestias.
—Escuchar es obedecer —dijo el mozo, y deinmediato salió disparado con admirable
celeridad rumbo a la ciudad. No había para qué decirle que se apurara: también él había
estado pensando muchísimo en los demonios.
Los minutos siguientesAravis los dedicó a besar las narices y acariciar los cuellos de
Juin y Bri, tal como si fueran unos caballos comunes y corrientes.
—¡Y ahí viene Shasta! ¡Gracias sean dadas al León! —dijo Bri....
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