El principitto

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Oscar Wilde
EL NIÑO ESTRELLA
Éranse una vez dos pobres leñadores que regresaban a su casa por un gran pinar. Era
invierno y hacía una noche de frío crudísimo. La nieve se extendía espesa sobre la tierra y
sobre las ramas de los árboles: la helada hacía chasquear continuamente las ramitas a un lado
y otro, a su paso, y cuando llegaron al torrente de la montaña éste estaba suspendidoinmóvil
en el aire, pues el rey del hielo lo había besado.
Hacía tanto frío que hasta los animales y pájaros no sabían qué hacer.
¡Ug! —gruñó el lobo, cojeando entre la maleza, con el rabo entre las piernas—.
Hace un tiempo totalmente monstruoso: Cómo no se ocupará el Gobierno de esto?
—¡Uit, uit, uit ! —piaban los jilgueros verdes—. La vieja tierra está muerta y le han
puesto su blancamortaja.
—La tierra va a casarse y éste es su traje de boda —se susurraban unas a otras las
tórtolas. Tenían sus rojas patitas completamente tiesas de frío, pero creían que su deber era
considerar la situación desde un punto de vista romántico.
—¡Qué tontería! —-gruñó el lobo—. Os digo que de todo esto tiene la culpa el
Gobierno, y si no me creéis, os devoraré.
El lobo tenía un espírituenteramente práctico y no le faltaba nunca un buen
argumento.
—Bueno, por mi parte —dijo el leñador, que era un filósofo nato— no necesito una
teoría atómica como explicación. Las cosas son como son, y en este momento hace un frío
terrible.
Verdaderamente el frío era terrible. Las ardillas que vivían en el interior del gran
abeto se restregaban unas contra otras los hocicos paracalentarse, los conejos se hacían una
bola en sus madrigueras y. no se atrevían ni a mirar fuera de las puertas. Los únicos seres que
parecían alegrarse eran los grandes búhos de cuernecillos. Sus plumas estaban completamente
tiesas con la escarcha, pero no les importaba, y girando sus grandes ojos amarillos se
llamaban unos a otros a través del bosque:
—¡Tugüit! ¡Tujú! ¡Tugüit! ¡Tujú ! ¡Quétiempo tan delicioso tenemos!
Los dos leñadores seguían caminando, soplándose fuertemente los dedos y pisando
con sus grandes botas herradas sobre la nieve endurecida. Una vez se hundieron en un hoyo
profundo, del que salieron blancos como molineros cuando están moliendo; otra vez
resbalaron sobre el duro y liso hielo de una charca, y sus haces se desataron, y tuvieron que
volver aamarrarlos de nuevo; otra vez creyeron que habían perdido su camino y un gran
terror les sobrecogió, pues sabían lo cruel que es la nieve con quienes se duermen en sus
brazos. Pero pusieron su confianza en el buen San Martín, que cuida de todos los viajeros, y
volviendo sobre sus pasos avanzaron cautelosamente, hasta que al fin llegaron al lindero del
bosque y vieron el fondo del valle y lasluces del pueblo donde vivían.
Tan contentos se pusieron al encontrarse salvados que se echaron a reír a carcajadas, y
la tierra les pareció una flor de plata, y la luna como una flor de oro.
Sin embargo, después de haberse reído se pusieron muy tristes, pues recordaron su
pobreza, y uno de ellos dijo al otro:
—¿Cómo vamos a estar alegres, viendo que la vida es para el rico y no para los queson como nosotros? Habría sido preferible que nos hubiéramos muerto de frío en el bosque, o
que alguna fiera hubiera caído sobre nosotros, matándonos.
—Es verdad —contestó su compañero. Mucho tienen algunos y poco tienen otros. La
injusticia ha dividido el mundo en parcelas y nada está repartido por igual, excepto el dolor.
Pero, cuando estaban lamentándose de su miseria, sucedió unacosa extraña. Desde el cielo
cayó una hermosa y brillantísima estrella. Deslizóse oblicuamente del firmamento y pasando
entre las otras estrellas en su carrera, mientras ellos la contemplaban maravillados, pareció
caer detrás de un grupo de sauces que se erguían junto a un redil de ovejas, distante a una
pedrada escasa de ellos.
—¡Vaya! ¡Menudo puchero de oro para quien lo encuentre!...
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