El reñidero

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El Reñidero

SERGIO DE CECCO

EL REÑIDERO1

DRAMA EN DOS ACTOS

PERSONAJES

Elena Morales
Orestes Morales
Nélida Morales
Pancho Morales
Santiago Soriano
Lala
Trapero
Delegado
Vicente
Teresa
Voz de una vieja
Otras voces

ESCENOGRAFÍA

Una sala de la casa de Pancho Morales, en 1905. Ambiente adaptado en esos momentos para el velatorio del caudillo. El ataúd y algunassillas, flores, etc. Al fondo, una puerta que da a un patio interior; a izquierda, puerta que da a otra sala más grande, y a derecha, otra puerta que da a un dormitorio.
Un breve pasillo lleva al reñidero. Reñidero típico de la época, con un redondel de arena y bancos en semicírculo; en un rincón, una balanza y jaulas. Al fondo del reñidero, una salida a la calle.

PRIMER ACTO

CuadroPrimero

(Ha muerto PANCHO MORALES, caudillo y "taita" de Palermo, en 1905. Su velatorio es muy concurrido y la mayoría de los presentes se hallan en la sala contigua. Allí, junto al ataúd, solo están Elena, su hija, muy erguida, muy quieta, sentada frente al público; Nélida, su viuda y Soriano, ladero del caudillo. De vez en cuando pasa Lala, sirviendo licores o cebando mate. La figura deElena, de negro, es una síntesis dramática que contrasta con la de Nélida, que a pesar del luto y la edad, parece más joven y despreocupada que su hija.
Desde la sala contigua, llegan, con mucha claridad, los comentarios de la gente.)

VOCES.— Con sus más y con sus menos, don Pancho Morales supo ser un varón bien templao...
— En taba, nadie le mataba el punto.
— Meparece verlo todavía llegar al boliche con su zaino parejero...
— En las elecciones del 95, el diputado don Lucio Salcedo se hacía lenguas al mentar su coraje.
— Era de una sola pieza.
— Pero es al ñudo cuerpearle al destino...

(Entra Lala, mientras tanto, y se dirige a Soriano, diciéndole algo al oído. Este se vuelve a Nélida.)

SORIANO.— Nélida, aquí ha llegaoel delegao del partido pa darle el pésame.

(Entra Delegado, se saludan.)

DELEGADO.— (Ceremonioso.) La acompaño en sentimiento, señora.
NÉLIDA.— Muchas gracias.
DELEGADO.— ¡Pobre don Pancho!... Y pensar que recién rayaba los cincuenta.
NÉLIDA.— Cuando está escrito...
DELEGADO.— A todos nos toca, tarde o temprano, abandonar este valle de lágrimas. (Sevuelve a Elena.) ¿La moza es su hija, no?
ELENA.— (No alza la vista para mirarlo.)
SORIANO.— (Apresurado.) ¿Quiere acercarse a ver el difunto, don Eliseo?

(Nélida, Delegado y Soriano se acercan al ataúd, quedándose allí mientras se oyen las voces del cuarto vecino.)

VOCES.— ¡Pucha que estaba bien relacionao el finadito!
— Don Pancho supo ser codicioso...— ¿De qué le habrá servido si el día menos pensao, la vaca se le hizo toro?
— ¿Se diría que la viuda no lo ha sentido mucho, no?
— A doña Nélida no le ha faltao su paño de lágrimas...
— ¿Lo dice por Soriano?
— Lo digo por quien lo digo.
— A rey muerto... rey puesto.
— Pa mí que a don Pancho le hicieron un feo... Solo de a traición se mata a guapos comoél.
— ¿Se fijó que Soriano no deja a la viuda ni a sol ni a sombra?
— Donde hay miel se asientan moscas...
— Don Santiago Soriano supo ser la mano derecha del difunto.
— ¡La mano derecha también pa consolar a la viuda! (Risas.)
— ¡No seas mala entraña!
— Cayó la langosta. (Risas.)
— ¡Ahora te aprovechás, porque don Pancho no puede levantarse a sobar alos atorrantes como vos, que si no, estarías sin cuero pa recibir más tajos!
— ¡No me hagas reír que tengo un pariente enfermo! (Risas.)
—¡Sí que estás mamao hermano!
— Yo estaré mamao, pero sé rispetar la honra de un varón, y no me yeno la boca descuereando a esa pobre mujer.
— ¡Hay que ser muy otario pa compadecerse de semejante hembra!
— ¡Ojalá se te cayera...
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