El rescate

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  • Publicado : 19 de octubre de 2010
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El rescate:
Cerró los ojos y respiró profundo, cuando el azar le marcó el momento, su dedo cayó sobre el mapa, el dígito señaló un punto entre relieves accidentados. Parecía un lugar apartado, cercado por montañas, al que sólo se accedía por carreteras comarcales. Paz, debía ser un lugar con mucha tranquilidad acumulada. Había hecho un trato con el destino: donde su dedo se posara, allí iría.Así pues, dos semanas más tarde, se encontró bajando de un autobús de línea y mareada como una sopa. Cogió su maleta del portaequipajes, en la que había metido a presión todo lo que creía necesario para pasar cuatro días alejada de todo lo que le era habitual, y su bolso, bolso de los que brújula y linterna se convierten en utensilios indispensables para encontrar algo dentro de él. Estuvo a punto dedejarse conscientemente el DNI en Madrid intentando olvidar su identidad y vivir durante unos días otra existencia totalmente diferente. Se dirigió, sin tambalearse demasiado, hacia un lugareño y le preguntó dónde se encontraba la posada “El Cau”. El abuelo se quitó el palillo de la boca, ladeó su boina y se la quedó mirando unos segundos de arriba a bajo. Con un cerrado acento catalán, habló porfin. Sólo tenía que pasar dos casas a la izquierda y, debajo de unos soportales, la encontraría. Tras contestarle, volvió a colocar la boina y el palillo en sus correspondientes sitios de origen. Le dio las gracias, y se dirigió despacio a la dirección indicada. La calle empedrada y estrecha estaba resbaladiza pues la nieve derretida lamía todo el pavimento y la que permanecía sólida daba unamano de pintura blanca a todas las superficies horizontales que encontraba. Dejó un instante la maleta en el suelo y respiró hondo. El aire era muy frío pero le reconfortó, llenaba los pulmones de una nueva atmósfera y le gustaba cómo olía. Miró la calle, no hacía falta conocer el pueblo para darse cuenta de que era minúsculo y acogedor. Casas de piedra, puertas de antigua madera con dibujosgeométricos que el paso de los años había ido mermando, ventanas de irregular tamaño salpicaban las robustas fachadas dispuestas a soportar las duras condiciones climatológicas y el paso del tiempo que, daba la sensación, aquí debía transcurrir un poco más lento. Al final de la calle, surgida de entre tejados de pizarra blanca, se alzaba portentosa la montaña que cubría todo el lugar con su inconmensurablepresencia. La montaña siempre le había proporcionado el efecto de protección, de cobijo, enormes brazos que resguardan de un cielo infinito lleno de incógnitas e imponderables. Recogió la maleta y se encaminó hacia la posada; estaba hambrienta y no pensaba guardar dieta, durante estos días no iba a respetar ningún régimen.
La recepción tenía un aspecto bastante descuidado, no sucio, pero muydesordenado. La mestressa de la posada le acompañó a su habitación. Había que subir una angosta escalera repleta de cuadros de dudoso gusto que todavía dificultaban más el acceso. Temió que la habitación no reuniera las mínimas exigencias que ella esperaba, pero se equivocó: el cuarto era una antigua buhardilla con el techo cubierto de vigas de madera restauradas y pintadas de color marrón a juegocon la tonalidad melocotón de las paredes; una de las dos ventanas estaba en la pared baja de la estancia y daba a la calle, la otra era bastante grande y sus vistas dejaron casi sin respiración a Águeda: toda la amplitud de la montaña y del valle se podía divisar desde allí; al lado, muy a propósito, había un sencillo banco cubierto de unos confortables cojines; la cama de bronce, ya un poco verde,era una maravilla, alta y mullida con una colcha de colores chillones, repleta de almohadones y una pequeña manta de punto a los pies; dos mesillas antiguas con unas lamparillas estilo art déco y un mínimo escritorio; el armario casi tan grande como la montaña era de una sola puerta con luna, al abrirlo, un agradable olor a flores silvestres le dio la bienvenida; un radiador de hierro colado...
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