El secreto

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  • Publicado : 22 de septiembre de 2010
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EL SECRETO Jack Vance
El sol entraba oblicuamente por las hendijas de la pared de la cabaña; de la laguna llegaban los gritos y el chapaleo de los niños de la aldea. Roña ta Inga al fin abrió los ojos. Había dormido mucho más de lo acostumbrado, hasta media mañana. Estiró las piernas, se puso las manos en la nuca, miró distraídamente el cielorraso de paja. En realidad había despertado a la horahabitual y después se había sumido en una vaga ensoñación, una costumbre que había adquirido últimamente. Sólo últimamente- Inga frunció el ceño y se incorporó con brusquedad. ¿Qué significaba? ¿Era una señal? Tal vez debía preguntarle a Takti-Tai... Pero todo era tan ridículo. Había dormido hasta tarde por la más vulgar de las razones: le gustaba remolonear, dormitar y soñar. En la esterilla,junto a él, había flores aplastadas, donde se había acostado Mai-Mio. Inga recogió los capullos y los puso en el estante donde guardaba sus escasas pertenencias. Una criatura encantadora, Mai-Mio. No reía ni más ni menos que otras muchachas; sus ojos eran como otros ojos, su boca como todas las bocas; pero sus extrañas y seductoras afectaciones la volvían absolutamente única: no había otra Mai-Mio entodo el universo. Inga había amado a muchas doncellas. Todas eran singulares en algún sentido, pero Mai-Mio era una criatura deliciosa, exquisitamente diferente de las demás. Había llegado a ser mujer hacía poco —aún ahora podía confundírsela con un muchacho, desde lejos— mientras que Inga le llevaba por lo menos cinco o seis estaciones. No estaba muy seguro. Tenía poca importancia. En cualquiercaso, tenía muy poca importancia, se repitió enfáticamente. Esta era su aldea, su isla; no sentía deseos de irse. ¡Jamás! Los niños subieron a la playa desde la laguna. Dos o tres corretearon bajo la cabaña, girando alrededor de uno de los postes, parloteando. La cabaña tembló. El bullicio impacientó a Inga. Gritó irritado. Los niños callaron al instante, aterrados y asombrados, y se alejaronmirando por encima del hombro. Inga frunció el ceño; por segunda vez esa mañana se sentía descontento consigo mismo. Se granjearía una reputación poco envidiable si seguía actuando así. ¿Qué le sucedía? Era el mismo Inga de ayer. Excepto que había pasado un día y era un día mayor. Salió al porche de la cabaña, se tendió al sol. A izquierda y derecha había cuarenta o cincuenta cabañas como la suya, conárboles en medio; adelante se extendía la laguna, azul y centelleante al sol. Inga se incorporó, caminó hasta la laguna, nadó, se sumergió entre las piedras relucientes y las plantas oceánicas que cubrían el lecho de la laguna. Emergiendo, se sintió relajado y en paz, nuevamente dueño de sí: Roña ta Inga, como siempre había sido, y siempre sería. Acuclillado en el porche, desayunó fruta y pescadofrío, ahumado en la fiesta de la noche anterior, y pensó en el día que tenía por delante. No había urgencias, ni deberes que cumplir, ni necesidades que satisfacer. Se reuniría con la partida de jóvenes que ahora se dirigían al bosque a cazar aves. Podría modelar un broche de conchillas talladas y frutos de goana para Mai-Mio. Podría haraganear y chismorrear; podría pescar. O podría visitar aTakti-Tai, su mejor amigo, que estaba construyendo un bote. Inga se puso de pie. Pescaría. Caminó a lo largo de la playa hasta su canoa, revisó el equipo, empujó la embarcación, remó por la laguna hasta la abertura del arrecife. Los vientos soplaban hacia el oeste, como siempre. Dejando la laguna. Inga dirigió una rápida ojeada a sotavento —una ojeada casi furtiva—, luego agachó la cabeza contra elviento y remó hacia el este. Una hora después había pescado seis bonitos peces, y regresó a lo largo del arrecife hasta la entrada de la laguna. Todos estaban nadando cuando volvió.
Jack Vance 1 El secreto

Doncellas, jóvenes, niños. Mai-Mio braceó hasta la canoa, apoyó los brazos en los flotadores, le sonrió. El agua le brillaba en las mejillas. —¡Roña ta Inga! ¿Pescaste algo? ¿O traigo mala...
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