El sentido como articulador de la vida

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Capítulo
2


El
Sentido
como
articulador
de
la
Vida

Jorge
Sanhueza
y
Felipe
Landaeta




El
 horizonte
 de
 sentido
 que
 subyace
 a
 nuestra
 vida
 se
 ha
 constituido
 en
 una
 dimensión
urgente
que
requiere
ser
conectada
para
vivir
en
nuestro
mundo
actual.
 El
trabajo,
los
equipos,
las
tareas
y
las
demandas
propias
de
la
vida
moderna,
nos
han
despojado
de
la
conexión
primigenia
que
permitió
el
desarrollo
de
la
vida
y
de
la
sociedad
tal
 cual
la
conocemos
hoy.
 Porque
el
hecho
de
vivir
juntos,
nos
dio
la
posibilidad
de
superar
la
tendencia
innata
 de
 competir
 y
 permitió
 la
 emergencia
 de
 la
 cooperación.
 Sin
 embargo,
 siglos
 después,
 la
 dinámica
de
la
época
en
la
que
vivimos
y
las
consecuencias
de
la
supremacía
de
los
modelos
económicos
en
la
vida
cotidiana,
nos
hacen
volver
a
mirar
desde
dónde
y
cómo
partimos.
 En
 su
 afán
 de
 vivir
 en
 la
 modernidad,
 en
 la
 loca
 carrera
 por
 amar
 y
 trabajar
 que
 caracteriza
lo
que
Freud
llamó
las
tareas
de
la
adultez,
los
términos
económicos
no
sólo
han
 predominado
en

el
intercambio
monetario
y
productivo,
sino
que
también
se
han
extendido
 a
 los
 del
 intercambio
 social
 (en
 la
 interacción):
 relaciones
 funcionales
donde
 se
 busca
 maximizar
la
utilidad
y
minimizar
el
riesgo,
relaciones
que
buscan
el
máximo
retorno
sobre
la
 inversión
y
relaciones
inestables
guiadas
por
las
lógicas
del
mercado,
entre
otros.
 En
 todas
 estas
 relaciones,
 se
 ha
 perdido
 la
 conexión
 con
 la
 fuente
 primordial
 de
 nuestro
amor
y
trabajo.
En
muchas
ocasiones
no
sabemos
para
qué
trabajamos
ni
por
qué
amamos.
Esto
puede
permitir
entender
por
qué
se
ha
instalado
la
experiencia
del
sin
sentido
 en
nuestra
existencia.
 Cuando
nos
perdemos
y
el
sentido
se
diluye,
la
conexión
con
uno
mismo
constituye
la
 fuente
 primaria
 de
 la
 cual
 nos
 podemos
 alimentar.
 Se
 trata
 de
 hacer
 algo
 de
 silencio
 respecto
del
mundo
y
enfrentado
a
nosotros
mismos,
tomando
conciencia
de
nuestro
estar
presente,
permitir
que
el
cuerpo
hable.
Al
inicio,
una
sensación
sentida,
vaga,
difusa,
a
la
vez
 que
intensa
y,
la
mayoría
de
las
veces,
pulsante,
que
nos
hace
volver
la
vista
y
escuchar
con
 nitidez
eso
que
surge
desde
lo
que
cada
uno
es.
 Una
 vez
 contactada
 dicha
 sensación
 nos
 podemos
 permitir
 dialogar
 con
 ella.
 La
 escuchamos
y
la
contemplamos
como
si
fuese
una
parte
de
uno,
no
integrada
a
lo
que
uno
Capítulo
publicado
en
el
libro
“Psicología
para
la
Vida”,
Fernández
y
Sanhueza,
2009.


1


es.
Y
curiosamente
una
vez
que
le
damos
cabida,
que
la
acogemos
y
que
la
exploramos
(aún
 cuando
no
la
comprendamos
plenamente),
ella
se
integra
a
lo
que
somos.
La
sensación
que
 está
sentida
nos
energiza,
nos
conecta
y
nos
vincula
con
nosotros
mismos
y
re‐nacemos,
re‐descubrimos
y
re‐animamos
el
sentido
del
ser
primero.
 Sin
embargo,
esto
no
basta.
No
logramos
superarnos
ni
trascender
si
nos
quedamos
 ahí,
solo,
en
un
acto
de
ensimismamiento
vital.
Sólo
los
vínculos,
sólo
el
otro
nos
transforma
 en
persona.
El
sentido
tiene
concreción,
si
nos
permitimos
conectarnos
con
otros.
 Aunque
 comienza
 en
 cada
 uno,
 el
 desafío
 del
 sentido
 existencial
 no
 termina
 en
 el
individuo.
Conectado
a
la
fuente
de
nuestra
energía
y
nuestra
vitalidad,
sólo
la
emergencia
 del
 tú
 en
 nuestro
 campo
 fenoménico
 le
 da
 presencia
 y
 forma
 al
 yo,
 le
 da
 completitud
 y
 le
 otorga
dirección
al
sentido
personal,

extendiéndose
a
un
sentido
colectivo.
 Presencia,
 porque
 al
 relacionarnos
 con
 otros
 nos
 hacemos
 conscientes
 de
 nosotros
 mismos.
 El
 otro
 nos
 refleja
 el
 alma,
 es
 decir
 nos
 refleja
 y
 nos
muestra
 aquél
 quién
 somos,
 porque
el
otro,
al
tener
sus
límites,
nos
muestra
los
nuestros
y
porque
el
otro
nos
reconoce
 como
un
legítimo
tú.
 Completitud,
 por
 cuanto
 sólo
 junto
 a
 otro
 el
 proyecto
 de
 ser
 se
 hace
 evidente,
 porque
el
otro
nos
complementa
y
nos
permite
saber
cómo
somos,
porque
sólo
el
otro
nos
...
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