El ultimo merovingio

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Jim Hougan EL ULTIMO MEROVINGIO Traducción de Sofía Coca y Roger Vázquez de Parga

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Los acontecimientos parecen estar ordenados siguiendo una lógica amenazadora. Thomas Pynchon, V.

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PRÓLOGO 2 de mayo de 1945 Norte de Italia El comandante Angleton planeaba bajo un cielo sin luna por en­cima de Sant' Ambrogio, suspendido en el aire de la noche por varias cuerdas de nailon quecolgaban de un paracaídas de seda negra. A lo largo de la sierra cubierta de bosque que se alzaba so­bre el pueblo veía una línea de fuego, y se preguntó si la causa del incendio habría sido un rayo o los aviones bombarderos. Poco más podía ver, menos aún oír, y lo único que notaba era el viento. Construir la ciudad de Dioce, cuyas terrazas son del color de las estrellas. A medida que iba bajando,percibía el olor a madera q

Una suave brisa llevó hasta él el aroma de unas glicinias, y el comandante Angleton cayó en la cuenta de que había estado con­teniendo la respiración desde hacía un rato. La palma de la mano en la que sostenía la pistola estaba húmeda a causa del sudor. Se apartó de la ventana y se encaminó a la puerta de la villa; llenó los pulmones del frío aire de la noche, empujó lapuerta y entró. El poeta levantó la vista, asombrado al ver aparecer tan súbitamente ante sí a un hombre armado. Luego fijó los ojos en el rostro del militar y el asombro se trocó en incredulidad.

de 1945 DE: 15.° Grupo del Ejército División 92 OSS, X-2 PARA: General al mando Zona de operaciones del Mediterráneo FIRMADO: Comandante James J. Angleton El escritor norteamericano EZRA LOOMIS POUND(referencia telegrama del FBI 1723), acusado de traición por el gran jurado, fue capturado por partisanos italianos el 6 de mayo en Sanf Ambrogio. Retenido en el Centro de Entrenamiento Disciplinario de MTO de Estados Unidos. Encarcelamiento pendiente de instruc­ciones según órdenes. Tomadas todas las medidas de seguridad para impedir huida o suicidio. Nada de prensa. Nada de privile­gios. Y nadade interrogatorios.

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13 de diciembre de 1998 Londres
Dunphy estaba acurrucado bajo las sábanas, medio despierto, dándole la espalda a Clementine. Notaba el frío que reinaba en la habitación, fuera de la cama, y más que ver, intuía la luz gris que apenas se filtraba por las ventanas. No tenía ni idea de la hora que era. Por la mañana temprano. O puede que última hora de la mañana. Otal vez fuera ya por la tarde. En cualquier caso, era sábado. Murmuró algo al respecto de levantarse y se quedó escuchan­do a ver qué le respondía ella. —Mmm —remugó Clementine. Luego arqueó la espalda y se dio media vuelta—. Duerme... Dunphy se incorporó y se sentó en la cama; gruñó y parpadeó varias veces para despejarse. Sacó las piernas por un lado de la cama, se frotó los ojos para librarsedel sueño y se puso en pie. Clementine gimió y ronroneó a su espalda, mientras él, tiritando, pisaba el frío suelo de la habitación y se dirigía al cuarto de baño, donde se cepilló los dientes y se enjuagó la boca. Luego juntó las manos formando un cuenco y las llenó con agua del grifo; bajó la cabeza y sumergió la cara en agua helada. —Santo Dios —exclamó con voz ahogada; luego repitió laoperación. Respiró profundamente y sacudió la cabeza de un lado a otro. El hombre que se reflejaba en el espejo contaba treinta y dos años, tenía los hombros anchos y las formas angulosas. Medía uno ochenta y cinco, y tenía los ojos verdes y el pelo negro y liso. Sus propios ojos le devolvieron una mirada brillante desde el espejo cuando, chorreando agua, cogió una toalla y metió la cara entre las letrasbordadas en la tupida felpa. «Dolder Grand.» Eso le recordó que había prometido a Luxemburgo que en­viaría un fax a Crédit Suisse para hacer algunas averiguaciones sobre cierta transferencia telegráfica que se había extraviado. No valía la pena afeitarse. Era fin de semana. Podía ir al trabajo haciendo footing, enviar el fax, resolver algunos asuntos pendientes y coger el metro con el fin de...
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