El vagabundo

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  • Publicado : 12 de octubre de 2010
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El vagabundoBaldomero Lillo |
En medio del ávido silencio del auditorio alzóse evocadora, grave y lenta, la voz monótona del vagabundo:-...Me acuerdo como si fuera hoy; era un día así como éste; el sol echaba chispas allá arriba y parecía que iba a pegar fuego a los secos pastales y a los rastrojos. Yo y otros de mi edad nos habíamos quitado las chaquetas y jugábamos a la rayuela debajo de laramada. Mi madre, que andaba atareadísima aquella mañana, me había gritado ya tres veces, desde la puerta de la cocina: "¡Pascual, tráeme unas astillas secas para encender el horno!"Yo, empecatado en el juego, le contestaba siguiendo con la vista el vuelo de los tejos de cobre:-Ya voy, madre, ya voy.Pero el diablo me tenía agarrado y no iba, no iba... De repente, cuando con la redondela en lamano ponía mis cinco sentidos para plantar un doble en la raya, sentí en la espalda un golpe y un escozor como si me hubiesen arrimado a los lomos un hierro ardiendo. Di un bufido y ciego de rabia, como la bestia que tira una coz, solté un revés con todas mis fuerzas...Oí un grito, una nube me pasó por la vista y vislumbré a mi madre, que sin soltar el rebenque, se enderezaba en el suelo con lacara llena de sangre, al mismo tiempo que me decía con una voz que me heló hasta la médula de los huesos:-¡Maldito seas, hijo maldito!Sentí que el mundo se me venía encima y caí redondo como si me hubiese partido un rayo... Cuando volví tenía la mano izquierda, la mano sacrílega, pegada debajo de la tetilla derecha.Mientras los campesinos se estrechaban en torno del banco ansiosos de contemplar decerca el prodigio, el viejo habíase desabrochado la blusa y puesto al descubierto el pecho hundido, descarnado, con la terrosa piel pegada a los huesos. Y ahí, justamente debajo de la tetilla derecha, veíase la mano, una mano pálida, con dedos largos y uñas descomunales adherida por la palma a esa parte del cuerpo como si estuviese soldada o cosida con él.Un murmullo temeroso partió del grupo yvoces ahogadas profirieron:-¡Pobrecito!-¡Qué castigo, mi Dios!-¡Qué ejemplo, Jesús bendito!El vagabundo esperó que los murmullos y las exclamaciones se extinguiesen y luego continuó:-Una noche se me apareció, en sueños, Nuestro Señor, y me ordenó que me fuera por el mundo para que mi castigo, confundiendo a los incrédulos, sirviese de ejemplo a los malos hijos.Los padres y las madres clavaron enlos rostros confusos de sus juveniles retoños una mirada que parecía decir:-¿Han oído? ¡Esto es para ustedes! ¿Olvidarán la leccioncita?El silencio tenía algo de religioso y de solemne cuando el viejo prosiguió:-Honra a tu padre y a tu madre dice la ley de Dios, y yo les encarezco, mis hijos, que nunca, jamás, desobedezcan a sus mayores. Sean siempre dóciles y sumisos y alcanzarán la felicidad eneste mundo y la gloria eterna en el otro.-¡Amén! -dijeron muchas voces trémulas por la emoción.La ramada bajo la cual se cobijaba el vagabundo era la prolongación de un pajizo rancho, morada de uno de los más ancianos vaqueros del fundo. A cincuenta metros estaba la carretera, a la que daba acceso una puerta de trancas cuyas varas, corridas de un lado, descansaban por una de sus extremidades en elsuelo, dejando un paso estrecho que un caballo podía salvar con un pequeño salto. El terreno sobre el cual se alzaba la choza, era llano y estaba cerrado por una ligera empalizada de ramas secas. En lo alto el sol fulguraba intensamente derramando sus blancos resplandores sobre los campos sumidos en el letargo de la quietud y el sopor.El mendigo, sentado en el banco junto al cual los campesinosvan depositando en silencio sus limosnas, murmura con trémula y cascada voz:-¡Dios y la Santísima Virgen se lo paguen, hermano!De pronto, en el camino, frente a la puerta de trancas, aparecen dos jinetes magníficamente montados. Uno tras otro salvan el obstáculo y avanzan en derechura hacia la ramada. Todas las lenguas enmudecen a la vista del patrón y de su hijo que hablan, al parecer,...
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