El valor del silencio

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  • Publicado : 31 de mayo de 2011
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Valor del silencio
El destino del lenguaje parece ser su progresiva profanación: los imperativos prácticos amenazan con dominarlo. Como conserva, sin embargo, en su esencia, la tremenda fuerza original, se le usa a cada paso, no por su puro valor significativo, sino por lo que provoca. La palabra es arma de muchos filos: «No se dice en vano que el más empecible miembro del mal hombre o mujer esla lengua» —dice Melibea en la Celestina (empecible es dañoso). Y afirma un viejo refrán castellano: «La lengua no es de fierro, mas corta más que espada». Su eficacia es aún mayor en la vida colectiva. En mítines, proclamas y consignas puede convertirse en reguero de pólvora. O bien, de profanación en profanación, degenerar en charlatanismo.
En el viejo mundo semítico la palabra estabaidentificada con la acción, y decir y hacer eran una solo y misma cosa: el árabe qaul, la palabra, se aplicaba también a los actos, y el hebreo dàbùr designaba a la vez la palabra y la acción. Por eso Goethe, en su Fausto, introducía una variante muy legítima en la traducción del famoso versículo de San Juan: «En un principio era la acción»... Hablar era hacer. La identificación entre palabra y acción, quese encuentra en muchas lenguas antiguas, reposaba en el poder mágico, fáctico, de la palabra: era eficaz, hacía. Poco a poco se separaron las dos actividades definidoras del hombre, y la sensata medianía empezó a decir: res non verba, facta non fabulae («A las obras creo —dice Celestina a una de sus discípulas—, que las palabras de balde las venden dondequiera»). Habían pasado los tiempos en quelas palabras eran cosas y las fábulas hechos. «Obras son amores, y no buenas razones», se oye, como si la buena razón no fuera el mejor de los amores, y el amor la mejor de las razones.
La palabra es cada vez menos sagrada. Aun alejada de sus orígenes, se mantenía su culto en la oratorio y en el diálogo. La oratorio, una de las grandes artes de nuestro mundo —Isócrates, Cicerón, Castelar— estádegenerando en técnica de agitación y propaganda (más de lo primero que de lo segundo). Y el diálogo se convierte a cada paso en cháchara o en mezquino intercambio de calderilla verbal. El cantinflismo se ha vuelto signo de la época. Todavía hace cincuenta años se cultivaba el arte de la conversación, la tertulia era una especie de Foro o Ágora. El Maestro Francisco Giner de lo Ríos hablaba del«sacramento de la conversación», y su noble magisterio fue en gran parte la prodigalidad de su palabra. ¿Qué era Sócrates sino un conversador? El impulso creador de la ciudad grecolatina fue, para Ortega Gasset, simplemente un apetito genial de conversación: la palabra más prestigiosa de Grecia —dice— era logos, precisamente la palabra, y la ciencia suprema, que descubrieron los griegos, fue ladialéctica, que quiere decir conversación (procede de diálogo, que a su vez viene de logos).
Grecia, que desarrolló el culto de la palabra, tenía además su dios del silencio, llamado Harpócrates, transfiguración del Horus egipcio. Frente a la devoción de la palabra existió también, en todo el mundo, la devoción del silencio, que es condición sustancial del hablar. En la India antigua lo discípulos deSancara le preguntaron una vez al filósofo —cuenta Ortega Gasset— cuál era el gran brahmán, o sea la mayor sabiduría:
—El sabio maestro indio calló. Preguntáronle por segunda vez, y calló también. Insistieron nuevamente, y entonces Sancara exclamó:
—¡Os lo estoy diciendo, hijos, os lo estoy diciendo! El gran brahmán es silencio.
Sin duda, más elocuente que todos los discursos necrológicos es elhomenaje del largo minuto de silencio. Más impresionante que sus rezos es el silencio ritual de benedictinos y cartujos. Maeterlinck colocaba el silencio más alto que el lenguaje. Hoy, más que nunca, ante la profanación desorbitada de la palabra y «el Niágara verbal cotidiano», el hombre está buscando refugio en el silencio, exalta la virtud del silencio, descubre el valor religioso del...
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