Ensayo

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  • Publicado : 25 de agosto de 2012
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Dicen que uno de los síntomas inequívocos de la locura es negarla. Dios me libre entonces de semejante traición, pero a riesgo de exponerme, y acá entre nosotras, creo que ya no vale la pena estar locas. Lo digo con la seguridad que otorga el linaje de una larga carrera de loca y el espejo llamativo de un lugar cuya historia siempre ha sido menos respetable que sus ficciones; una esas islasafortunadas donde según el personaje de Erasmo de Rotterdam se asienta la patria de la locura, y “todo se da sin sementera y sin trabajo y no hay fatiga ni vejez ni enfermedad alguna”.

En una de esas islas caribeñas, afortunadas tal vez sólo en el reparto de músicos, poetas y locos, nació Jean Rhys, autora de Ancho mar de los sargazos. Cuando la novela se publicó en 1966, Rhys cumplía 76 años. Entreversiones sucesivas pasó hambres y padeció encierros en manicomios. La monstruosa gestación produjo un libro breve que simula el peso de un objeto vivo, de una densidad orgánica hecha de materiales personales y literarios.

Reconozco en Ancho mar de los sargazos las filiaciones históricas, de género y de oficio que nos convocaron a este congreso y a esta mesa. Es una demostración de cómo seconstruyen las identidades culturales y una denuncia poética de cómo la literatura se ha dejado usar para encerrar locuras peligrosas y salvaguardar los miedos interesados de sus guardianes.Timothy Reiss, un crítico al parecer hastiado de la crítica reciente, sostiene que “las razones o categorías culturales puede que siempre y únicamente hayan venido de otra parte”; es decir, que la seguridad de larazón dominante depende como el parásito de la sangre de algo tan poco sutil como las invasiones al otro, de algo tan brutal como el exterminio del otro. Con pareja falta de sutileza, la otra no desaparece aunque la maten. Escribe contra la corriente, amamantando la esperanza de que la historia no haya terminado, de que todavía sea posible una respuesta.

Ancho mar de los sargazos ofrece unarespuesta venenosa al texto envenenado de la historia. Además, su pretexto es una novela de mujer, de modo que complica con su reescritura un mundo reescrito ya por la mirada subalterna. Rhys lee Jane Eyre cuando a la edad de 17 años llega a Londres desde Dominica, su isla natal, a la que volverá una sola vez sin que la ausencia debilite una comunicación visceral y conflictiva. El desajuste de supropia situación de criolla desclasada le sugiere de inmediato la humanidad oculta del personaje de Antoinette, la loca prisionera en el desván, un personaje que Charlotte Brontë maltrata, atribuyéndole los rasgos sobrenaturales de un demonio, aunque la figura no carece de antecedentes históricos en las indianas ricas entrampadas en matrimonios de conveniencia sin que se les reconociera la condiciónde damas inglesas, porque jamás se les eximió de cierta ambigüedad racial y sexual.

“Me pareció que aquella era una pobre fantasma y que me gustaría escribirle una vida. Charlote Brontë construye un mundo propio, un mundo convincente y eso mismo hace que el personaje de la pobre criolla lunática sea tanto más deficiente. Me escandalizó, me enfureció. Pensé, ese es sólo un lado de la historia,el de los ingleses”. De una histora, añadiría en otra ocasión, que es imposible limitar a dos versiones en pugna, la del blanco y la del negro, porque a fin de cuentas quién sabe y a quién le importa cuántos lados tiene la historia.

Que Jean Rhys sabía lo que hacía queda señalado por el tiempo (toda una vida) que tardó en escribir la que hoy se considera su obra maestra. Corregir a la madre esmás arriesgado que destronar al padre. Rhys confiesa la aterradora intuición de que Charlotte Brontë conspiraba desde el otro mundo para impedir la escritura del libro y amargarle su estancia en la amarga Cornwall. No era para menos. Cuando en la escena final de Los sargazos Antoinette, antes de encender el fuego, compara a Inglaterra con un objeto de cartón tan frágil como un libro, su desvarío...
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