Ensayo

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Riña estéril de un macho invertido
Poco después de cumplir su primer cuarto de siglo de existencia, Antonio María decidió ser marica. Su lucha por tratar de convertirse en el macho que debería comenzó con su adolescencia, cuando las necesidades fisiológicas propias de ese período lo obligaron a esconderse detrás del escaparate de su madre o a encerrarse en el baño de su casa para hacer que suparte varonil expulsara toda esa fuerza vital que se acumulaba en sus testículos.

Cuando yo lo conocí, con esa mezcla extraña que lo rodeaba de sonrisa de niña inocente y pestañear de puta en cacería, supe que era marica. Bastaba con verle su manera coqueta de menear la cabeza para reafirmar o negar lo que decía, su caminar indeciso tratando de que no delatara su verdadera condición a través deun fingido paso de hombre verdadero y que lograba en los demás el efecto contrario: todos, al menos yo sí, notábamos esa duda de ser o no ser en cada metro que él avanzaba a pie.

Quizás lo que más me hizo fijar en su feminismo fue la forma delicada en que daba la mano para saludar, en donde uno sentía la suavidad de unas texturas siempre sudorosas. Tampoco se quedaba muy atrás, en todo eseconjunto de coincidencias, su gruesa voz: a leguas uno se daba cuenta de que él trataba de imitar la voz grave y decidida de un varón a toda prueba, pero ya al caer la tarde le salía ronca, ya que sus cuerdas bucales estaban cansadas por el esfuerzo sostenido que habían hecho durante el día.

Tan convencido estaba yo de todo lo que intuía de él que no tuve ningún recato en decírselo a la jefa deredacción del periódico, una mujer taciturna, pero sonriente. “Ese man es marica, donde quiera vaya y pise”, le dije. Ella me miró fijamente, imitando una sorpresa que no sentía. “¿Será?”, me preguntó, con ese dejo de misterio característico en quienes por momentos se dejan envolver por el halo de la chismografía. “Póngale la firma”, insistí. “No, hombre, qué va, no creo”, dijo, como buscando que leentregara mis razones para afirmar eso. No le seguí el juego y me salí de su oficina rumbo a mi cubículo de redacción.

Aquello podría considerarse un atrevimiento de mi parte, pues creo que era la primera vez que se ventilaba el asunto públicamente en el periódico. Y lo hacía precisamente yo, que no tenía ni 15 días de haber entrado como redactor allí. Antonio María, en cambio, ya iba a cumplirel año, por lo que hasta apresurada podría resultar mi conclusión. Creo que por esa misma época le comenté el asunto a Tomás Darío, redactor de Judiciales, de quien me había dado cuenta era el mejor amigo de Antonio María. Tomás Darío me hizo primero un gesto de duda y, enseguida, expresó su desacuerdo conmigo: “No, viejo, esas son puras suposiciones infundadas suyas”. Dejé la cuestión ahí.Lejos estaba de imaginarme, entonces, que por esa misma época, Antonio María estaba viviendo la agonía de decidirse si se aceptaba a sí mismo como lo que en realidad era y que se le notaba a millas de distancia por más que él intentara ocultarlo o si continuaba con la pantomima insostenible de mostrar una virilidad que nunca tuvo y que apenas se le insinuaba a sí mismo con un inservible animalitoarrugado que le colgaba en la mitad delantera de su cuerpo.

Antonio María había tenido el valor de confesarle a Tomás Darío la enorme ambigüedad en que se encontraba. Lo hizo bien porque Tomás, además de ser un buen amigo, era un tipo reservado. Los tres, Antonio, Tomás y yo, nos hicimos excelentes compañeros y algunos fines de semanas solíamos salir de parranda para desintoxicar el espíritu,después de cinco días de noticias continua. Sin embargo, ante mí nunca salió de labios de Tomás Darío una palabra que revelara la verdadera condición de nuestro amigo. Tampoco de Antonio María, quien, supongo, no vio, en mi mamadera de gallo, garantía de mi silencio.

Era increíble: tantas horas compartidas en la sala de redacción y en los San Andresitos, como llamábamos en el país a los centros...
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