Ensayo

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La felicidad ja, ja, ja y la Universidad
Ana Lydia Vega
Cuando mi querida amiga Eneida Vázquez me pidió que aceptara asumir la responsabilidad de algo que respondía al intimidante nombre de "lección inaugural", por poco salgo corriendo. Cuando me dijo que el tema era nada menos que "el significado de la educación universitaria" y me recordó que este año celebramos el Sesquicentenario de donEugenio María de Hostos, efectivamente salí corriendo. Les confieso que me entró una canillera de ocho cilindros. ¿De qué puedo yo hablarles a unos adolescentes que, a su corta edad, saben más de la vida que yo?, pensaba, almorzándome las uñas de ansiedad. ¿Cómo explicarle la visión hostosiana de la educación universitaria a una gente que vive todos los días en la cuerda floja de la sobrevivenciasocial, balanceándose precariamente entre la criminalidad, el SIDA y el plebiscito? ¿A qué citas pomposas recurrir ("No hay triunfo sin lucha", "Sin dignidad no hay nada en la vida") para convencerlos de que la universidad puede ser algo más, mucho más que una fábrica de diplomas o una digresión de cuatro años para caer de cabeza en la fila del Desempleo o un resuelve para cobrar la BEOG? Tras elpreseo olímpico de Eneida, solté el teléfono como se suelta un caldero caliente. Pero ya le había dado el temido y definitivo sí. Para llegar a esa decisión fatal, tuve que imponerme a mí misma tres condiciones. La primera, que yo no iba a dar ninguna lección porque las lecciones sencillamente no se dan sino que se hacen con la participación libre y voluntaria de maestros y estudiantes. La segundacondición era el reconocimiento de que quien único iba a inaugurar algo aquí no era yo sino ustedes, que son - después de todo y a mucho orgullo - los prepas. Lo que me tocaría a mí, si acaso, sería más bien augurar, verbo que según el diccionario quiere decir: anunciar algo –bueno o malo- que está por ocurrir.

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Y en tercer lugar: que yo no iba a elucubrar doctas exégesis sobre elsignificado de la educación universitaria según don Eugenio María de Hostos porque -con el perdón del ilustre mayagüezano- no tenía la más mínima intención de ponerlos a todos a roncar y quedarme hablando, como la mala de las telenovelas, en voz alta conmigo misma. Así es que decidí hacer lo que me han dicho que hago menos mal en la vida: contar cuentos. Y revivir con ustedes el sustito sabrosón de aquellaprimera vez que planté un tímido chámpion en este sacrosanto campus de Río Piedras, allá por la remota y revoltosa década de los sesentas. Sí, aunque no lo crean: tremendo sustito. Porque en 1964 la Universidad de Puerto Rico representaba, para la nenita estofoncita y bobita de colegio católico americano monjas que era yo que entonces, eran nada menos que la encarnación institucional del Mal. “Porfavor”, nos aconsejaban juiciosamente aquellas dominicas nuestras mollerudas guardaespaldas espirituales, “no vaya a la UPR: van a poner en peligro su fé”. Palabras con luz. Si algo me enseñaron mis cuatro años en esta especie de Territorio libre de América que ha sido para mi la UPR fue a desconfiar, a sospechar, a poner siempre en peligro todo tipo de fe. Yo venía, como muchos de ustedes, de unmundo pre-fabricado, preprogramado y casi predestinado en el que gobernaban sin partido de oposición el miedo y el dogma. Y dentro de ese mundillo (para qué voy a negarlo ahora) era, como la mayoría de los bebés Carnation urbanizada y que de fueron la mis compañeros Aceptaba de clase, relativamente feliz, según la definición años cincuenta, libre-asociada felicidad. sin mayores cuestionamientosel orden impuesto en la casa y en la escuela. Y como nada puede resultar amenazante para el que se alinea mansamente con los dulces dictados de la autoridad doméstica, académica y celestial, vivía muy oronda y muy inocentemente persuadida de que aquel era el mejor de los mundos posibles. Y la palabra que mejor resumía esa amable docilidad mía era, naturalemente, una palabra en latín: amén. Para...
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