Ensayos

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ELOGIO DE LA MADRASTRA
MARIO VARGAS LLOSA

Editorial Grijalbo S.A. de C.V.
Enero de 1998
Diseño de Cubierta: BMB
Impreso en México

A Luis G. Berlanga
con cariño y admiración

Il faut porter ses vices comme un
manteau royal, sans háte.
Comme une auréole qu'on ignore,
dont on fait semblant de ne pas s'apercevoir.
Il ny a que les étres á vice
dont le contour ne s'estompe
dansla boue hialine de l'atmosphére.
La beauté est un vice, merveilleux, de la forme.

César Moro, Amour á mort

1

El cumpleaños de doña Lucrecia

El día que cumplió cuarenta años, doña Lucrecia encontró sobre su almohada una misiva de trazo infantil, caligrafiada con mucho cariño:

« ¡Feliz cumpleaños, madrastra!»
«No tengo plata para regalarte nada pero estudiaré mucho, me sacaré elprimer puesto y ése será mi regalo. Eres la más buena y la más linda y yo me sueño todas las noches contigo.
« ¡Feliz cumpleaños otra vez!»
«Alfonso»
Era medianoche pasada y don Rigoberto estaba en el cuarto de baño entregado a sus abluciones de antes de dormir, que eran complicadas y lentas. (Después de la pintura erótica, la limpieza corporal era su pasatiempo favorito; la espiritual no lodesasosegaba tanto.) Emocionada con la carta del niño, doña Lucrecia sintió el impulso irresistible de ir a verlo, de agradecérsela. Esas líneas eran su aceptación en la familia, en verdad. ¿Estaría despierto? ¡Qué importaba! Si no, lo besaría en la frente con mucho cuidado para no recordarlo.
Mientras bajaba las escaleras alfombradas de la mansión a oscuras, rumbo a la alcoba de Alfonso, ibapensando: «Me lo he ganado, ya me quiere». Y sus viejos temores sobre el niño comenzaron a evaporarse como una leve niebla corroída por el sol del verano limeño. Había olvidado echarse encima la bata, iba desnuda bajo el ligero camisón de dormir de seda negra y sus formas blancas, ubérrimas, duras todavía, parecían flotar en la penumbra entrecortada por los reflejos de la calle. Llevaba sueltos los largoscabellos y aún no se había quitado los pendientes, anillos y collares de la fiesta.
En el cuarto del niño –¡cierto, Foncho leía siempre hasta tardísimo!– había luz. Doña Lucrecia tocó con los nudillos y entró: « ¡Alfonsito! ». En el cono amarillento que irradiaba la lamparilla del velador, de detrás de un libro de Alejandro Dumas, asomó, asustada, una carita de Niño Jesús. Los bucles doradosrevueltos, la boca entreabierta por la sorpresa mostrando la doble hilera de blanquísimos dientes, los grandes ojos azules desorbitados tratando de rescatarla de la sombra del umbral. Doña Lucrecia permanecía inmóvil, observándolo con ternura. ¡Qué bonito niño! Un ángel de nacimiento, uno de esos pajes de los grabados galantes que su marido escondía bajo cuatro llaves.
– ¿Eres tú, madrastra?
–Quécartita más linda me escribiste, Foncho. Es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca, te juro.
El niño había brincado y estaba ya de pie sobre la cama. Le sonreía, con los brazos abiertos. Mientras avanzaba hacia él, risueña también, doña Lucrecia sorprendió – ¿adivinó?– en los ojos de su hijastro una mirada que pasaba de la alegría al desconcierto y se fijaba, atónita, en su busto.«Dios mío, pero si estás casi desnuda», pensó. «Cómo te olvidaste de la bata, tonta. Qué espectáculo para el pobre chico».
¿Había, tomado más copas de lo debido?
Pero Alfonsito ya la abrazaba: « ¡Feliz cumpleaños, madrastra!». Su voz, fresca y despreocupada, rejuvenecía la noche. Doña Lucrecia sintió contra su cuerpo la espigada silueta de huesecillos frágiles y pensó en un pajarillo. Se le ocurrióque si lo estrechaba con mucho ímpetu el niño se quebraría como un carrizo. Así, él de pie sobre el lecho, eran de la misma altura. Le había enroscado sus delgados brazos en el cuello y la besaba amorosamente en la mejilla. Doña Lucrecia lo abrazó también y una de sus manos, deslizándose bajo la camisa del pijama azul marino, de filos rojos, le repasó la espalda y la palmeó, sintiendo en la...
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