Ensayos

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Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928—)

Rosas artificiales
(Los funerales de la Mamá Grande, 1962)

         Moviéndose a tientas en la penumbra del amanecer, Mina se puso el vestido sin mangas que la noche anterior había colgado junto a la cama, y revolvió el baúl en busca de las mangas postizas. Las buscó después en los clavos de las paredes y detrás de las puertas, procurandono hacer ruido para no despertar a la abuela ciega que dormía en el mismo cuarto. Pero cuando se acostumbró a la oscuridad, se dio cuenta de que la abuela se había levantado y fue a la cocina a peguntarle por las mangas.
         —Están en el baño —dijo la ciega—. Las lavé ayer tarde.
         Allí estaban, colgadas de un alambre con dos prendedores de madera. Todavía estaban húmedas. Minavolvió a la cocina y extendió las mangas sobre las piedras de la hornilla. Frente a ella, la ciega revolvía el café, fijas las pupilas muertas en el reborde de ladrillos del corredor, donde había una hilera de tiestos con hierbas medicinales.
         —No vuelvas a coger mis cosas —dijo Mina—. En estos días no se puede contar con el sol.
         La ciega movió el rostro hacia la voz.
         —Seme había olvidado que era el primer viernes —dijo.
         Después de comprobar con una aspiración profunda que ya estaba el café, retiró la olla del fogón.
         —Pon un papel debajo, porque esas piedras están sucias —dijo.
         Mina restregó el índice contra las piedras de la hornilla. Estaban sucias, pero de una costra de hollín apelmazado que no ensuciaría las mangas si no sefrotaban contra las piedras.
         —Si se ensucian tú eres la responsable —dijo.
         La ciega se había servido una taza de café.
         —Tienes rabia —dijo, rodando un asiento hacia el corredor—. Es sacrilegio comulgar cuando se tiene rabia. —Se sentó a tomar el café frente a las rosas del patio. Cuando sonó el tercer toque para misa, Mina retiró las mangas de la hornilla, y todavía estabanhúmedas. Pero se las puso. El padre Ángel no le daría la comunión con un vestido de hombros descubiertos. No se lavó la cara. Se quitó con una toalla los restos del colorete, recogió en el cuarto el libro de oraciones y la mantilla, y salió a la calle. Un cuarto de hora después estaba de regreso.
         —Vas a llegar después del evangelio —dijo la ciega, sentada frente a las rosas del patio.         Mina pasó directamente hacia el excusado.
         —No puedo ir a misa —dijo—. Las mangas están mojadas y toda mi ropa sin planchar. —Se sintió perseguida por una mirada clarividente.
         —Primer viernes y no vas a misa —dijo la ciega.
         De vuelta del excusado, Mina se sirvió una taza de café y se sentó contra el quicio de cal, junto a la ciega. Pero no pudo tomar el café.         —Tú tienes la culpa —murmuró, con un rencor sordo, sintiendo que se ahogaba en lágrimas.
         —Estás llorando —exclamó la ciega.
         Puso el tarro de regar junto a las macetas de orégano y salió al patio, repitiendo:
         —Estás llorando.
         Mina puso la taza en el suelo antes de incorporarse.
         —Lloro de rabia —dijo. Y agregó al pasar junto a la abuela—:Tienes que confesarte, porque me hiciste perder la comunión del. primer viernes.
         La ciega permaneció inmóvil esperando que Mina cerrara la puerta del dormitorio. Luego caminó hasta el extremo del corredor. Se inclinó, tanteando, hasta encontrar en el suelo la taza intacta. Mientras vertía el café en la olla de barro, siguió diciendo:
         —Dios sabe que tengo la conciencia tranquila.         La madre de Mina salió del dormitorio.
         —¿Con quién hablas? —preguntó.
         —Con nadie —dijo la ciega—. Ya te he dicho que me estoy volviendo loca.
         Encerrada en su cuarto, Mina se desabotonó el corpiño y sacó tres llavecitas que llevaba prendidas con un alfiler de nodriza. Con una de las llaves abrió la gaveta inferior del armario y extrajo un baúl de madera en...
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