Eres una bestia, viskovitz

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Eres una bestia, Viskovitz
Alessandro Boffa

PALABRA EN EL TIEMPO 264
Colección dirigida por ANTONIO VILANOVA

Título original: Sei una bestia, Viskovitz
Traducción de Alejandro Pérez Viza

© 1998 by Edizioni Garzanti s. p. a., Milán
© 1999 by Editorial Lumen S. A.

Escaneado por urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)
Revisión de Alejandra

Para Sybil

Prólogo

Nos habíamos quedadosolos sobre aquella capa de hielo a la deriva en la noche polar. Viskovitz se giró y me dijo:
–Amigo mío, me gustaría que pusieses en letra impresa, negro sobre blanco, nuestra conversación.
Le expliqué que no era posible, que yo era un pingüino y que, para mí, «poner negro sobre blanco» significaba, como mucho, hacer otros pingüinos. Y además, tenía otras cosas en las que pensar.
Y sin embargo,un mes más tarde estaba todavía allí, inmóvil, con un huevo bajo la tripa, recordando.
Había sido yo el primero en pegar la hebra...

¿Cómo va la vida, Viskovitz?

No hay nada más tedioso que la vida, nada más deprimente que la luz del sol, nada más falso que la realidad. Para mí cada despertar era una defunción, vivir era morir.
–¡Despierta, Visko, ya estamos en mayo! –gruñó Jana–. O nosquedaremos sin las mejores bellotas.
Me desperecé con inmensa fatiga y, de mala gana, abrí un ojo. Porque, a pesar de todo, vivir era necesario.
–Un momento –jadeé–, el tiempo de descongelarme.
Era el final de un letargo de ocho meses. Despertaba en el gris del más allá, en la ultratumba de los lirones.
En la obscuridad de la madriguera entreveía sombras ratoniles que se tambaleaban entre loscuerpos amontonados de los durmientes hacia la salida de aquel doliente sepulcro, almas de transmutados que, como yo, transmigraban hacia la vigilia.
Me revolví sobre un costado y todos mis huesudos despojos crujieron. Empecé a reconocer los rasgos familiares de los miembros de mi estirpe, nietos y biznietos, abuelos y bisabuelos, hijos, padres y suegros. Algunos, acurrucados bajo la larga ypeluda cola, estaban todavía adormecidos y, gruñendo, se abandonaban a aquel irresistible placer.
A medida que el metabolismo empezaba a funcionar, se dejaban sentir los pinchazos en las articulaciones, la deshidratación, el dolor en todas y cada una de las células. Era la agonía del despertar, de un tormento que duraría otros cua­tro meses, hasta el nuevo letargo. En esos momentos, lo único que te dafuerzas para volverte a levantar es el ham­bre, saber que si no engordas no podrás dormir. «Ánimo, Visko», me dije, «a tu edad es razonable pensar que puedes esperar todavía otros tres letargos, y éstos, viejo lirón, sería una verdadera lástima perdérselos.»
Me incorporé como un zombi con todo el cuerpo exan­güe y fibroso, carente de grasa y de espíritu, lo arrastré tor­pemente hacia la luz yaquel resplandor me hizo lagrimear.
–¡Estás más delgado que un palillo, Visko! ¡Ven a por unas bellotas! –me aulló Jana.
Era la compañera a la que me mantenía fiel desde hacía años, no por una inclinación a la monogamia, que nosotros los lirones, francamente, no tenemos, sino por pereza y deseos de abandonarme a la desidia. Era la hembra más fea y deprimente de toda la comunidad, la más tediosa ynecia. La había elegido precisamente por eso. Porque sólo una vida hecha de aburrimiento y frustración predispone para los sue­ños satisfactorios y grandiosos. Y son ésos los momentos que cuentan. Si el más allá –es decir, la vigilia– es un infier­no, entonces la vida –es decir, el sueño– será un paraíso. Y no a la inversa.
No tenía ánimos para aventurarme por las ramas, así que le eché el ojo aun par de bellotas caídas al suelo y, con prudente lentitud, bajé del tronco hasta dar con mis huesos en tierra. Llegué tambaleándome hasta uno de aquellos fru­tos, lo desprendí de su cúpula leñosa con mis patitas y hundí los molares en el cotiledón maduro. Enseguida me sentí mejor.
Mi madriguera era un antiguo nido de pájaro carpintero horadado en una encina, una salicifolia. En mi familia...
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